18 de julio de 2013

Animals, cuidado con formar una banda de rock con tu amigo imaginario


La adolescencia es uno de los períodos más complicados de la vida del ser humano hasta que crecemos y nos damos cuenta de que lo que está por delante es aún más difícil. Sin embargo, hay jóvenes que renuncian a ello y es de lo que va esta curiosa propuesta Animals.
Estamos ante una arriesgada película español, que se mueve entre lo indie para algunos y lo moderno gafapasta para otros. Lo que todos compartimos es que Animals es una cinta repleta de un par de guiños al público que no es estándar (el guiño a Black Hole, a ciertos mangas…) y simbolismos y metáforas no disimuladas (ese oso parlanchín que demuestra el fin de la inocencia cuando se va a hacer submarinismo).
Si uno se embarca en esta historia sobre la muerte de la infancia (y de un par de animales y personas, ya que estamos), se puede llegar a disfrutar de ella dentro de lo que cabe. El problema es si no se conecta o alguna escena te saca del film (y hay varias para según los paladares), como esa donde el chaval protagonista empieza a tocar con su banda imaginaria compuesta por su oso de peluche, un gran batería. Uno en ese momento no sabe si tomárselo en serio o partirse de risa.
Entonces, puede empezar el cachondeo, la comparativa con la barriobajera Ted (sí, ya sé que Animals es anterior, pero...), las risas con esos dilemas adolescentes, el chaval de las gafas que se convierte en un elemento de lo más hostiable, las incongruencias, las bromas pesadas de ese final (¿quién ha educado a estos chavales? Martin Freeman me lo imagino flipando de verdad con ese “desenlace”), la incredulidad con la escena de los “cortes amorosos”… En líneas generales, todo este embrollo.


Esta obra cinematográfica, pese a sus interpretaciones correctas y una dirección a cargo de Marçal Forés que tampoco hace mucho alarde, se demuestra torpe en el montaje y en un guion del que no se puede sacar mucho más, que suena a una idea que daba para un cortometraje y se alargó hasta un punto en que el espectador dice: “vale, ¿cuánto falta para que esto se acabe?”.
Y llega el final. Algunos lo entenderán, otros no, también habrá quien se inventará uno que le quede mejor al film según lo que nos da. El problema es, si no puedes madurar y superar tus miedos, si quieres ser un niño para siempre, ¿lo mejor es suicidarte? Ni que fuéramos un grupo de eso en lo que derivó el movimiento emo, sin ofender…
Animals demuestra que en España se intenta hacer un cine sobre adolescentes diferente, ya si es bueno o no, afectado o risible, es algo que tendrá decidir el espectador… y su oso amigo imaginario si hace falta.


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