2 de julio de 2016

El Reto del Juntaletras: ¿Cómo crear una lengua para tu novela de fantasía?

La inscripción del Anillo ÚnicoFuente.
Sí, este puede que sea uno de los post más extraños que he escrito, pero también lo considero uno de los más útiles, porque cuando comencé a escribir (allá con nueve años), una de las primeras cosas que hice para aquella novela fue crear una lengua y, entonces, no tenía Internet. 

No me miréis mal, me gustó hacerlo, la influencia de J.R.R. Tolkien era grande y siempre me ha gustado cuando en la fantasía o la ciencia ficción, hay personajes que «necesitan subtítulos», por así decirlo. Además, esta semana he estado estudiando fonética y sintaxis y quería hablar un poco de cómo esto me está sirviendo de modo creativo.

Hoy, podéis encontrar muchas guías en inglés sobre cómo crear un idioma para una novela de fantasía, pero poco en español, así que espero que esta breve lista de consejos os ayude (incluso cuando las demás luces se apaguen, como diría cierta elfa). Allá vamos.

Una lengua es un carácter y una cultura


Considero que los idiomas ficticios deberían recoger parte de la cultura de los personajes que lo hablan. Sí, sé que el español no dice tanto de aquellos que lo hablan, pero puede que la lengua de tus duendes asesinos sea brusca o salpicada de sonidos salvajes o similares. Aprovecha eso.

Si me centro en las lenguas inventadas (mejor), recordad que no son el seguro del éxito de vuestra novela. Por ejemplo, George R.R. Martin ha creado algunas palabras, frases y términos para una lengua como el dothraki, pero tampoco se empeña en recogerla en cada página. Es más, aprovecha la inexperiencia de Dany para que conozcamos a los domadores de caballos y vayamos aprendiendo de su cultura y luego de sus lenguas. A la hora de crear la serie de televisión, se tomó más de esa lengua, pero, sobre todo, tuvo que expandirse a través del carácter que George R.R. Martin le había dado.

La entrada a la ciudad de los señores de los caballos. El dothraki les representa. Fuente.

El orden 


Recuerda tener un archivo, glosario o diario donde recoger las palabras y frases que vas colocando en tu novela para intentar ser coherente en adelante. Ordénalo alfabéticamente, divide en secciones (gramática, vocabulario…), añade algún concepto que quizás no uses en la novela, pero lo necesites… No me digas que tal cosa se dice así en la página veintitrés y radicalmente diferente en la cincuenta. O explícalo y que eso aporte algo. Y vuelve loco al corrector de Word añadiéndole palabras inventadas.

También puedes crear un vocabulario y una gramática breves antes de empezar a escribir. Así puedes ir añadiendo detalles. ¿Sabías que Tolkien inventaba lenguas cuando era un niño? ¿Y sabías que las novelas de Tolkien surgieron como una explicación a esas lenguas? Me explico, cuando el creador de El Señor de los Anillos empezó a concebir las lenguas, en su niñez, pronto se percató de que esas lenguas podían cambiar o derivar en otras por el paso del tiempo (como el latín dio paso a las lenguas romance como el español, el francés, el rumano…). Para dar muestras de cómo sus lenguas cambiaron, Tolkien empezó a crear pueblos: elfos, hombres, enanos… y los subdividió en grupos, países, continentes, edades… Y de ese juego, emergieron ideas para crear su propio mundo y, si leéis El Silmarillion, os daréis cuenta de ese trabajo. Siempre me ha parecido muy interesante cómo J.R.R. Tolkien llevó «al revés» el proceso creativo: no tenía una historia y añadió unas lenguas, sino que tenía unas lenguas y de ahí surgió su historia.

Alqualondë, por Ted Nasmith. Fuente.

Aprende de algunas lenguas reales


Si habéis estudiado filología, humanidades, griego, latín… sabréis que la lengua se compone de muchas cosas: fonemas, significados, declinaciones, alfabetos… Os recomiendo que, si os gusta, la estudiéis más. Si no os gusta ni os va a gustar, alejaros de este tema de crear lenguas a menos que sintáis que aportará algo a vuestra novela. 

Con todo esto, me refiero a que Tolkien tomó como base muchas lenguas olvidadas para crear las suyas. Era un profundo enamorado del lenguaje (de ahí su labor como profesor, traductor y creador). Tolkien sabía hacer que las palabras funcionasen, sabían cuándo no debían coincidir, sabía los géneros, sabía cómo declinar, sabía cómo se fragmenta una lengua…

Mi consejo en este punto (al menos lo que yo hago) es basarme en una lengua real para tenerla en cuenta (a menudo es el latín) y tener en cuenta cómo cambió, cómo se declinaba, cómo funcionaba…

El alfabeto griego. Fuente.

No te pases


Esto es, hasta cierto punto, sencillo. ¿Recuerda lo que es la mesura? Pues bien, no lo olvides y aplícate el cuento. Es fácil: intenta que tus palabras se puedan pronunciar y esa lengua se pueda hablar (a menos que tenga una explicación por qué un mortal como tú o yo no lo podemos leer sin asfixiarnos). A veces, la fantasía se siente como un autor que deja caer sus dedos en el teclado y espera que eso ya sea un buen nombre para un personaje. No siempre lo es, mi estimado Pkjsdakdaj. 

La lengua se debe adaptar al uso y al hablante y de poco sirve que me tenga que quedar ronco cada dos por tres al intentar pronunciar: «hragheiuh ôuíl kragkrêïohy» (¿a qué habéis podido carraspear un poco?). Sé sutil, a menos que tengas una excusa (por ejemplo: «¡hablan así porque tienen tres sistemas nasales y pueden!». Bravo). No te pases. No dejes caer tus dedos sobre el teclado sin más y aprende para que sirve la diéresis y demás, ¿vale?

Tu lector cuando lee tu idioma inventado y te has pasado. Fuente.

Usa el trasfondo de tus lenguas 


Una cosa: no te pongas en plan «voy a documentar» y empieces a contar el origen de la lengua de las plantas fosforescentes si no viene a cuento, pero aprovecha algo de ese trasfondo: la guerra de las esporas que fragmentó el uso de la lengua en dos, cómo algunas de las plantas sesean al estar en contacto con otro idioma (el de las rocas), cómo se le notaba el acento a aquel cactus, cómo el imperio de las rosas intentó aplastar otras lenguas y usar solo la propia (y cortar de raíz… Chiste simpático, sí)… ¿Me pilláis? Es un trasfondo, ante todo. Si da ganas de saber más, aporta algo y el lector siente que es un esfuerzo loable y no algo metido a calzador.

El pársel de Harry Potter jamás devoró la historia, pero le dio toques muy interesantes. Fuente.

También puedes crear un sistema de escritura


¡Tarea extra! Me explico: Tolkien (sí, vamos a quemar su nombre con tanto escribirlo y leerlo en esta entrada; es lo que tiene que él fuese un maestro) tenía un sistema de runas para los enanos. 

Y vosotros podéis también crear un sistema de escritura (cuneiforme o no), al estilo el alfabeto griego, si queréis, por ejemplo, algo para vuestro mapa o transcribir lo que aparecía en la puerta de cierta mina, como Moria. No abuses tampoco de esto, pero deja que los lectores jueguen. ¿Por qué no?

Las runas de los enanos de TolkienFuente.

Dale estilo


Y con esto me refiero a tu procesador de texto. Habitualmente, para diferenciar las palabras de un idioma inventado, se suele usar la cursiva. No es una mala estrategia, aunque ¿hasta qué punto necesaria? Que cada uno elija. 

Eso sí, atento: ¿quieres traducir como nota de a pie, en un glosario al final o en el contexto de la obra? Al lector quizás le desespere ir hasta las últimas páginas para el glosario. Así que, no te pases, no le desesperes, no haga que aproveche ese: «me voy a leer lo del final para saber qué significa esto» para que cierre y se largue corriendo. No le liberes demasiado rápido.

Rivendel, su lengua, su pueblo... se reflejan en cada parte de El Señor de los AnillosFuente.

La trama siempre es lo principal


Tenemos que reconocerlo, casi con pesar: todos los personajes acaban hablando lengua común, que quizás no es la nuestra, pero es la que hace que nos entendamos. No puedes hacer que todos los elfos o gnomos de jardín hablen todo el rato en su propia lengua dentro de la historia (a menos que sea un elemento argumental), porque puede llegar a cansar. El lector ha cogido tu libro para distraerse de su vida, sus problemas y hallar algo con lo que disfrute, no para leer un libro escrito en una especie de galimatías que le hará explotar la cabeza. Así que la otra opción para consolarte como autor es pensar en muchas pelis que vemos sobre otros países, donde todos los personajes hablan un perfecto inglés (con acento ruso, francés…).

Algo importante: hay muchas historias con sistemas lingüísticos, gramática y demás que no funcionan por el mero hecho de que los personajes son de cartón piedra. Ahora mismo, recuerdo Elantris y su sistema de magia tan pregonado por algunos gurús literarios y que, a mí, personalmente, me dejó frío. En ese caso, la novela de Brandon Sanderson ha sido un éxito económico, crítico y de público, pero para mí no. No me ha dicho nada de la vida ni me ha entretenido. Lo que quiero decir es que tus sistemas mágicos, lenguas, alfabetos, lo que sea, pueden ser muy trabajados, pero si los personajes y la historia no dicen nada, al lector les dará igual. En cambio, George R.R. Martin solo traza algunas lenguas y disfruto enormemente de sus obras.

Lo importante. No te olvides. Fuente.

Aprovecha tu fuerte


Ahora bien, ¿es necesario inventar un idioma cuando escribimos sobre un mundo fantástico? No, no lo es. Recuerdo que Patrick Rothfuss, autor de El nombre del viento (que siempre aprovecha para rajar sobre J.R.R. Tolkien), decía que «lo de crear lenguas» era una manía de los que copiaban a Tolkien y que no se daban cuenta de que Tolkien lo hizo porque era lingüista y adoraba concebir lenguas inventadas. En cambio, Rothfuss decía de sí mismo que era un colgado de la economía y que, por eso, había creado su propio sistema económico. Lo más recomendable de lo dicho por el autor estadounidense en este punto, creo que es que cada uno de nosotros debería aprovechar aquello a lo que es aficionado y llevarlo a su historia. 

Neil Gaiman afirmaba que J.R.R. Tolkien, cuando quiso escribir El Señor de los Anillos, no tuvo un Tolkien en el que fijarse, por lo que recomendaba que todos los admiradores de la fantasía, leyesen otros géneros también para conseguir algo para sus historias, porque Tolkien, lo que leía, eran mitos, leyendas y demás clásicos que sirvieron como base a su obra magna. No es un mal consejo.

El alien de Futurama está basado en las matemáticas. Fuente.

Bonus track: ¿se puede hablar tu idioma?

Aquí una aportación muy interesante de un amante de los idiomas como es John McWhorter. Es muy ameno y sirvió de base para que escribiese esta entrada. Espero que os guste.


¿Y vosotros? ¿Qué pensáis de todo esto? ¿Alguna vez habéis creado alguna lengua?

2 comentarios:

  1. ¡Buenas!

    Me ha encantado el post. Aunque no suelo escribir (y hace mucho que no me pongo a ello), el tema de las lenguas siempre me ha traído de cabeza. Cuando leí (o medio leí) los libros de El señor de los Anillos, me fascinó el dominio de Tolkien con los idiomas, cómo creaba canciones fantásticas... Pero a veces se olvida uno de quién era Tolkien, cuál era su pasión y su formación. Y crear una lengua no es tan sencillo, como dices, como teclear sin sentido palabras que no existen.

    Cuando leo una novela de fantasía, por ejemplo, en que se mencionan lenguajes distintos, no soporto encontrarme un millón de términos en cursiva con sus correspondientes aclaraciones, sobre todo si su utilización no está justificada. Me acabo perdiendo y cansando. Supongo que hay que tener cuidado a la hora de idear el idioma y aún más cuidado a la hora de usarlo, sin pasarse con explicaciones innecesarias y tratando de darle un toque a la historia pero sin avasallar al lector.

    Un abrazo ^^

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    1. Estoy de acuerdo en lo que mencionas sobre las cursivas y las explicaciones. Es más, una forma de pasar por encima de ello, es no traducirlo y que otro personaje lo explique por contexto o intentar no saturar. Lo importante es la historia. La creación del idioma debe servir para enriquecer la historia, no para oscurecerla o hacerla más lenta e incluso incomprensible.

      Estoy de acuerdo en lo que comentas. Creo que Tolkien fue un maestro en este tema, un pionero, y lo fue porque sabía lo que hacía y no imitaba a nadie. Por desgracia, no todo el mundo tiene el mismo talento.

      Muchísimas gracias por compartir tu opinión, un placer leerte, saludos y gracias. :)

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