29 de septiembre de 2012

Relato: DOCTOR WHO; Adiós a los Pond



DOCTOR WHO
ADIÓS A LOS POND
(Una historia de cómo el Doctor se despidió de los Pond,
ocurrida en un universo paralelo,
quizás el tuyo)
por carlos j, eguren.
basado en la serie de la bbc: doctor who.



UNO
Era el momento de dejar de esperar.
Los ojos bien abiertos. Parpadear significaba algo peor en muchos sentidos que la mismísima muerte.
Fue entonces cuando él, el hombre desarrapado, el Doctor, dijo lo que sus compañeros, Rory y Amy, lo que ya temían:
—Los Ángeles, ellos siempre han estado aquí. Desde el principio de la humanidad, insertando una idea, buscando una clave, manipulando a cada persona cuya vida destrozaban para concebir más demonios, ¡más estatuas!
— ¿Qué significa eso, Doctor?– preguntó Amy. Pensaba algo, pero deseaba equivocarse.
— ¿Por qué la humanidad se mataría por crear un concepto como la estatua?– dijo el Doctor sin dejar de caminar de un sitio a otro por la azotea–. ¿Por qué los hombres y mujeres importantes querrían pasar a la historia convertidos en una imagen de piedra? ¿Por qué reflejar símbolos y conceptos con estatuas? ¿Qué ha conducido al universo a desear mostrar su adoración a figuras de piedra? ¡Piensa, Amy, piensa!
—Doctor, quieres decir…– Pero Rory no terminó sus palabras.
—Cada estatua, Rory, cada imagen grabada en piedra o bronce, en lo que sea… ¡Es la propia idea de los Ángeles Llorosos! Ellos manipularon a la humanidad, ellos crearon un concepto que transmitieron a toda la humanidad: ¡crear estatuas! El universo adora a los Ángeles Llorosos.
—Pero ¿para qué, Doctor?– quiso saber Amy. ¿Cuántas preguntas había formulado ya al Doctor tras tanto tiempo?–. Son asesinos, ¿por qué querrían ser adorados como una estrella de rock, como dioses?
—Han buscado la Tardis desde entonces para crear un vórtice temporal que las alimente a ellas y fortalezca su vínculo para despertar al resto de las estatuas. Ahora, cada estatua del mundo es nuestra enemiga, ahora ¡la humanidad se ha convertido en su propio Victor Frankentein!


DOS
El Doctor alzó el destornillador sónico. Algo iba mal con él, por si fuese poco. El zumbido se amortiguó en una voz suave y terrible. Alguien usaba el destornillador para comunicarse con ellos.
—Doctor, Amy, Rory– pronunció el desconocido con frialdad–. Los Ángeles Llorosos somos una raza antigua. Los Señores del Tiempo lo saben bien.
El Doctor lo supo: el Ángel Lloroso había matado a un humano, le había robado su voz, su vida. Los seres más peligrosos del universo tenían ahora voz.
—Implantasteis una idea no solo en la Tierra, sino en el universo. Habéis atentado contra todo aquello que amo y admiro– dijo el Doctor. Amy notó en él el tono lúgubre del que a veces hacía gala. Un tono que le daba miedo–. Eso no me gusta y menos os gustará lo que pasará con vosotros.
— El tiempo de las amenazas ha concluido. Ya lo sabéis: imágenes, estatuas, recipientes. Cada estatua será pronto un Ángel Lloroso. Ha estado planeado desde el comienzo de los tiempos. Tú eres experto en eso, Doctor, en tiempo, ¿no? A caso, ¿es la primera vez que nos enfrentamos?
La mente del Doctor, una tormenta de imágenes, le hizo pensar en tiempos pasados, cuando Gallifrey no parpadeó.
—Durante terribles batallas, Doctor, tus Señores del Tiempo se encomendaron la obligación de aniquilarnos, pero solo consiguieron destruir nuestro cuerpo físico.
—Miles de almas de Ángeles han esperado a que vosotros, los últimos supervivientes, les buscaseis un cuerpo– habló el Doctor. Cada palabra sonaba a odio.
—Y lo hemos conseguido. Hoy, tras tanto tiempo, los Ángeles Llorosos celebrarán su victoria, devorarán el tiempo mismo y conseguirán ser los nuevos soberanos de este universo. No necesitaremos ser depredadores de tiempo… Nunca más.
—Eso no va a pasar más allá de tu imaginación, ¿me entiendes? ¿ME ENTIENDES? Hoy es el día en que los Ángeles Llorosos llegan a su final.
—Siempre das una oportunidad a los últimos de su raza, Doctor, ¿por qué no a nosotros? A caso, ¿te recordamos demasiado a ti?
“Manhattan se convierte en el centro de energía que conseguirá que cada alma de Ángel Lloroso ocupe un lugar”, pensó Rory. “Oh, Dios mío…”. Abrazaba a Amy. Tenían miedo. ¿Hoy el sueño terminaba?
El Ángel Lloroso dijo con tono melodioso:
—Hoy es el día en que los Ángeles Llorosos dejan de llorar y el día en que el Último Señor del Tiempo, la Chica que Esperó y El Último Centurión mueren. Ha sido un placer.
— ¿Quién eres?– preguntó el Doctor–. ¿QUIÉN ERES Y DÓNDE ESTÁS? ¡MUESTRÁTE!
Los rayos eléctricos cubrieron el cielo. Un estruendo provocó que todo lo que los rodeaba se volviese presa del pánico. Amy y Rory tuvieron que cerrar los ojos y solo el Doctor mantuvo los ojos bien abiertos, porque aquel terrible monstruo era digno de ser visto y enfrentado para él.
La Estatua de la Libertad había empezado a moverse.

TRES
Fue en los campos de Trezalore donde la primera pregunta, la pregunta que no debía formularse, se dijo… El Doctor sabía que si se sacrificaba cumpliendo una vieja profecía, quizás detuviese a los Ángeles Llorosos para siempre.
Y fue entonces cuando la orden conocida como el Silencio emergió para hacer frente a la amenaza y los Ángeles los encontraron. Unos olvidaban, los otros debían viajar al pasado, pero los Ángeles no se acordaban y no podían atacar y el Silencio se veía anulado. Un bucle espacio temporal infinito, una raza condenada a encontrar, el enfrentamiento del siglo.
Y Manhattan reducida a la nada. Muchos fueron condenados a no poder marcharse de allí nunca. Todos los que sufrieron la visión de un Ángel Lloroso en el futuro, excepto alguien que navegaba en el tiempo...
La Tardis desapareció. Muchas cosas debían arreglarse.
CUATRO
ANGEL´S CRYING. NUEVA YORK. FINALES DE LOS AÑOS ´30.
Angel´s crying era un asilo donde terminaba la gente sus días, pero había personas que no aceptaban que su tiempo había concluido. Eso ocurría con aquella anciana que cada día esperaba sentada en un banco junto a la puerta del geriátrico. La enfermera Wilson, la veterana, siempre le preguntaba:
— ¿A qué esperas?
La dama, que en el pasado y aún era hermosa, respondía:
—A mi familia.
Pero eso era así desde hacía más de quince años. Cada día esperando a alguien que nunca llegaba. La enfermera Wilson sonreía, a veces, la infelicidad de los demás podía hacerla feliz.
Sin embargo, un día lluvioso…
CINCO
… Algo ocurrió.
La anciana se había marchado. Fue tras un extraño ruido en el horizonte. La vieja dama sonrió más que cualquiera de las veces que lo hizo la enfermera en cualquier momento de su vida. La familia de la dama había regresado.
—Amelia Pond, hoy dejas de esperar– dijo una voz junto a una gran caja azul. La anciana corrió hacia las entrañas de aquel otro mundo y pronto no hubo nada más.
La enfermera Wilson terminó los días en un psiquiátrico.

SEIS
Amy Pond en el interior de la Tardis, aquella caja azul, la nave que era más grande por dentro que por fuera, el lugar que había llevado a tantas aventuras al Doctor y a sus compañeros. El lugar que marcó a Amy cuando era una niña. Su hogar.
Ahora, tantos años después, no pudo contener las lágrimas.
El Doctor la observaba y en sus ojos estaban marcadas las lágrimas. No podía disimular los cientos y cientos de años. Sus niños siempre se marchaban, la Tardis no podía ser siempre Nunca Jamás.
—Perdón por haberte hecho esperar tanto tiempo, Amy.
Amy lo miró y dibujó una sonrisa llena de lágrimas.
—Ya me he acostumbrado a eso, Doctor. Ha sido mucho tiempo para acostumbrarme.
— ¿A dónde quieres ir, Amy? El viaje puede comenzar de nuevo.
—Oh, Doctor, con tu vieja cara y tu ropa anticuada… El viaje está a punto de terminar para mí.
El Doctor contuvo las lágrimas. Era una tradición ya en él.
—Pero, Doctor, creo que podemos hacer una parada más por el camino.
Amy Pond rió.




SIETE
La Tardis se apareció segundos después ante un lago donde nunca hubo patos. ¿O si los hubo? El tiempo siempre era algo caótico.
—Muy humano, venir al pasado y sentarse en un banco a echar de comer a patos que… Nunca ha habido…
— ¿Pasado, Doctor? Al futuro, Doctor. Mi futuro, que también fue mi pasado y que… Oh, ¡es un desastre! ¿Cómo organizas tu cabeza?
—No la organizo.
Amy y el Doctor rieron brevemente, pero el Último Hijo de Gallifrey sabía que cada carcajada estaba bañada ahora del sentimiento de despedida.
Entonces, fue cuando lo vieron, un niño flacucho y de pelo rubio se acercaba con su aire dudoso y algo en las manos. Su padre lo acompañaba.
—Date prisa o tu abuela se pondrá furiosa cuando sepa qué ha pasado con la cena… Y no quieres ver a un Williams furioso, hijo.
—Sí, papá– respondió el niño.
El pequeño de ocho años posó en las aguas de estanque un pequeño pato. La criatura dio las gracias nadando libre y feliz. El crío era feliz, había curado a alguien.
Pero…
Rory siempre fue algo torpe y estuvo a punto de caer.
Alguien lo sostuvo. Una mujer mayor acababa de levantarse del banco para ayudarlo a no caer.
—Gra-gracias, señora.
—No vuelvas a llamarme señora, Rory Pond. Te lo advierto.
—Sí, se-seño… ¡Sí!
El niño se quedó extrañado, mientras su padre se acercaba a él. El señor Williams dio las gracias a la dama y se marcharon.
A Brian Williams le pareció algo extraña aquella mujer, con ropa antigua y dando de comer a unos patos que no habían estado hasta entonces. Así era Reino Unido.
A Rory le hizo gracia, pero cuando intentó volver a mirarla solo vio a una niña pelirroja que recorría el parque en otra dirección. No recordó más.
Desde aquel día, Rory Williams se enamoró de aquella pequeña pelirroja que le observó en el parque. Se llamaba Amelia Pond y sería su futura esposa.
El Doctor y Amy se alejaron del parque.
—Se le echa mucho de menos al viejo Rory– habló el Doctor. Cada palabra estaba quebrada.
Amy, a su lado, rompió a llorar y la abrazó (quizás Rory le daba permiso para hacerlo). La joven anciana dijo entre lágrimas:
—No te imaginas cuánto, Doctor… No te lo puede llegar ni a imaginar.

OCHO
La última parada del viaje de Amelia Pond fue ver las estrellas. Tal como un día hizo el Doctor con ella, la dama vio las galaxias y mundos colgando fuera de la Tardis, solo agarrada del tobillo por el Doctor y protegida por la Tardis.
—Madre.
Amelia Pond miró atrás y vio a River Song, su hija, tanto tiempo separadas, tanto tiempo sin saber quiénes eran. Amy sonrió, mientras volvía al interior de la Tardis.
— ¿Por fin te dignas a visitar a tu vieja madre? ¿Ves? ¡Por fin yo soy más vieja que tú!
Amy abrazó a Melody. Fue una sensación fuerte, quizás demasiado. Amy sintió que su corazón se hacía trizas.
Se tambaleó y cayó. El Doctor y River la sujetaron.
La madre de Melody solo dijo:
—Dejadme que termine de esperar viendo las estrellas, por favor.
Amy Pond abrió bien los ojos. Los muros de la Tardis se desvanecieron, una ilusión óptica para ver lo que había más allá. Quizás el cortocircuito camaleón si funcionase, pero el Doctor, por nostalgia, siempre hubiese preferido aquella cabina azul. La misma nostalgia que embargó a Amy Pond en su último suspiro.
—Fue un placer esperarte Doctor.
Esas fueron sus últimas palabras y el Doctor nunca podría olvidarlas.
River sostuvo el cuerpo de su madre, el Doctor se alejó llorando y gritando de dolor. Cuando supo qué hacer, fue cuando les envolvió la llamada Nebulosa de Los Pond. Aquel día estuvo algo más acompañada.
La tumba de hielo y diamante de Rory floraba en el espacio y ahora tenía otra alma en torno a la cual navegar por los milenios, rodeado de gas de color y estrellas vivas y moribundas. Fue el último regalo del Doctor, un viaje eterno por el espacio para Amy y Rory.

NUEVE
El Doctor buscaba una forma de sentirse menos solo. ¿Y si regresaba al día en que conoció a Amy? ¿Y si volvían a vivir todas aquellas aventuras de nuevo? ¿Y si decidía que nada terminase? Las preguntas cesaron cuando notó a River, vestía de negro, con su melena rizada y rubia movida por una brisa ligera. El Doctor le dijo:
—Quiero que te marches, River.
—Doctor, sabes que eso es imposible, sabes que…
— ¡NO QUIERO ENTERRARTE A TI TAMBIÉN!
El Doctor le dio la espalda. No quería contar nada más de lo que ya había contado. Todo tenía que terminar. Eso lo sabía bien.
—Doctor– dijo River con un tono pausado–. Creo que sabes una cosa… ¿Sabes que has tenido que hacerlo ya en el pasado, en mi futuro? ¿Me has visto morir a mí también, Doctor?
El Doctor no respondió. River lloró.
Horas después (¿o fue una década?), el Doctor hizo un pacto con River. Él llevó lejos a la hija de los Pond y le dijo que cuando dejasen de llorar, volvería a por ella. River quiso creerlo, pero sabía cuál era la primera regla: el Doctor miente. Y el Doctor siempre lloraba, aún sin lágrimas, aún con una risa en sus labios.
—Nos volveremos a ver, Doctor. Siempre nos volvemos a ver.

diez
La Tardis desapareció una vez más.
El Doctor caminó por ella, intentando trazar algún rumbo, pero no lo encontraba. ¿Cuántas vidas debía destrozar para sentirse satisfecho? ¿A dónde debía ir ahora donde no hiciese daño a nadie?
Las lágrimas anegaron sus ojos, no había nadie a quien lastimar porque le vieran llorar. No había nadie, simplemente. Estaba solo, siempre lo había estado, el tiempo y él.
Quizás, era hora de empezar a rendirse, tal vez era el minuto en que debía dejar de luchar, a lo mejor eran los segundos en que el Doctor se entregaría a un viejo enemigo y dejaría de luchar.
¿Correr o huir? Ya no parecían opciones para el Último Hijo de Gallifrey.
Y fue entonces cuando una voz penetró el centro de la Tardis. Distorsionada y horripilante, ¿eran, a caso, palabras de un dalek?

ONCE
— ¿Doctor, me recuerdas? Sí, soy aquella chica algo enteradilla que conociste y dejaste morir. Sí, bueno, eso es cuestión del pasado. Creo que el tema ese de mi muerte estaba algo exagerado…
— ¿Qué?
— ¿Recuerdas el Asilo de los Daleks? ¿Te acuerdas que cumpliste órdenes de tus odiados daleks para destrozar a sus antiguos enemigos daleks? Vaya, he dicho tres veces “dalek” en una frase… ¡Ahora cuatro! ¿Tiene premio?
—Los destruí, destruí el Asilo de los Daleks… Les hice volar en pedazos… Sea como sea, no es un buen momento para recordar mi monstruosidad.
La voz tomó un matiz humano, el Doctor adoraba las voces de los humanos.
—Oh, Doctor, ¿estás deprimido? ¿Has probado a comer algo de helado? Je, bien, je, pues deberías saber una cosa: destruiste el planeta prisión de los daleks… Pero no eran los daleks locos y vencidos los que estaban allí, sino el auténtico Parlamento. El Parlamento, en realidad, eran los daleks locos poniéndote a prueba. Ya habían escapado hacía tiempo. Sorprendente, ¿eh?
— ¿Qué?
— ¿Y recuerdas eso de que hice que te olvidasen? Creo que ha llegado a su fin el tema del olvido, porque necesito tu ayuda y quizás tengas que hacerles recordar quién eres.
— ¿Qué?
— ¿Cómo que qué? ¿Quieres mi consejo? ¡Corre, Doctor, corre a por mí y enséñame las estrellas!
— ¡Oswin Oswald!
—Llámame Clara. Me gusta más mi nombre que mis apellidos,  Doctor. Ahora demuéstrame quién eres. Doctor who?

La joven terminó sus palabras de forma abrupta. Un grito descorazonador y una horrible palabra se dibujaron antes de que se cortase la transmisión:
— ¡EX-TER-MI-NAR! ¡EX-TER-MI-NAR!
El Doctor miró al panel de la Tardis y empezó a tocar botones casi sin querer, tecleó en la vieja máquina de escribir, trazó un par de direcciones jugando con las esferas, cogió un bombín y la luz tembló. Todo se agitó.
Alguien le necesitaba y no podía hacerle esperar.
Porque la historia del tiempo a veces tiene puntos y seguidos y a veces puntos y finales, pero el Doctor solo era quien la escribía.
Era el momento de dejar de esperar.

4 comentarios:

  1. Gran relato. Me ha encantado, especialmente la despedida. Muy emotiva. Solo queda comporobar si se parece a la tuya la despedida del episodio...

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    Respuestas
    1. Hola, Pedro

      Me alegro de que te haya gustado, fue una pequeña prueba de escritura que me autoimpuse.

      Sobre el final de Moffat para los Pond... Ya me dirás.

      Gracias por tu comentario, un saludo.

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  2. Me gusto muchisimo.Es cien veces mejor que la despedida real.Moffant me esta decepcionando muchisimo. Por ahora esta esta siendo la peor temporada de todas.
    Esperemos que la segunda parte sea mejor.Porque si no me niego a ver otro episodio mas.Hasta el culo.Pense que jamas diria eso,y menos de mi serie favorita...pero la septima temporada me esta resultando insipida.Para mi seria mas entretenido ver un perro cagando.Si siguen en ese plan no creo que lleguen mas alla del 50 aniversario.Yo por lo menos me negare a verla.Para mi gusto el final de la sexta no es que fuera muy bueno.Pero la septima esta llendo de mal a peor.
    Es mi simple opinion.A muchos les encanta...pero yo no veo la misma calidad que antes.Ahra inventa una chorrada y le ponen cuatro tonterias.Y el Doctor...esta un poco rarillo...no se como explicarlo.Resumiendo...que me encanto tu relato.

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    Respuestas
    1. Hola, AmeNoUzume

      Me alegro de que te haya gustado este pequeño fan-fic que he hecho como pequeña prueba de escritura. No sabes la ilusión que me hace leer que te ha gustado más este que el oficial

      Sobre Moffat, soy de esos que echa mucho, mucho de menos a Russel T. Davies, que me parecía uno de los mejores guionistas que he podido disfrutar en una serie.

      En cuanto a la serie, no sé... A ver si mejora. Yo seguiré hasta el 50 aniversario y ya veremos. Sobre el perro colgando, ¡pobre! Di mejor un dalek o Maffat. xD

      Sobre la séptima, me parece algo... Bien y punto. El primer episodio hubo cosas que no me convencieron, el de los dinosaurios pasable, el del oeste algo aburridillo y eso que tenía potencial, el de la invasión me gustó por el toque Davies y los Ángeles puede que te emocione, pero si no piensas en todos los puntos ilógicos que ves.

      Me alegro de que te haya gustado el relato, espero que no sea el último que escriba sobre el Doctor.

      Gracias por tu comentario, un saludo. =D

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