14 de enero de 2013

Relato: Prisionero de un mundo feliz, finalista del Certamen de Relato Corto de la Universidad de La Laguna.

Este relato resultó finalista del Certamen de Relato Corto de la Universidad de La Laguna 2012. Muchas gracias y espero que os guste.

Prisionero de un mundo feliz
“Allí estaba, el Rey de la Colina, el Señor de las Ruinas, el Dueño de Todo, los monarcas y presidentes irrevocables, tratando de comprender qué significaba ser dueños de un mundo, y qué grande era realmente el mundo”.
RAY BRADBURY.

Había una vez, un dios que le gustaba visitar a los humanos. ¿Cómo sabría de su propia magnificencia de no ser así?
Al menos, el Señor 900-Y pensaba que era una divinidad. ¿No fue él quien vendió soledad y cambió el mundo? Si eso no era ser un Zeus o un Odín, no sabía qué podría ser.
El Señor 900-Y se codeaba con los humanos de una insólita manera: iba, cada día, con la plebe hasta la Fundación en el transporte flotante (un tranvía que atravesaba el corazón de la ciudad como una flecha). Era su manera de recordar lo grande e importante que fue su contribución a la humanidad. Él forjó el futuro, él hizo posible la Autoridad, él concibió un mundo feliz donde nadie debía preocuparse por nada. Él y solo él.
En todos los vagones, los pasajeros llevaban un yelmo electrónico, un casco de sueños inimaginables. No hacían falta teléfonos móviles ni aparatosas tabletas cibernéticas, tampoco viejos aparatos musicales ni nada parecido. Con aquel artefacto (llamado la Segunda Mente) todo era posible: actualizar la Red de la Sociedad con tu música, renovar tu avatar, ver el último holograma de moda… Cada uno de los usuarios podía aislarse en su otra mente. No necesitaba la compañía de nadie más. Parecía una ventaja.
La idea de la Segunda Mente nació del Señor 900-Y. Fue cuando le pasó algo malo de pequeño. Le pegaron y le robaron en un viejo tranvía. Hubo testigos, pero prefirieron subir el volumen de su música o enviar un SMS a algún amigo. Si aquellos que le agredieron hubieran sido como los demás, nunca le habrían hecho nada malo, pues se habrían distraído actualizando su Twitter o su Facebook. Aquella experiencia cambió al Señor 900-Y.
Los seres humanos habían malgastado mucho tiempo y dinero en no estar faltos de compañía sin comprender que era la soledad el mayor don posible.
Casi cuarenta años después, iba en lo más parecido a un tranvía. No paraba de sonreír. Se había guardado un lujo solo para él: su Segunda Mente tenía acceso a las otras Segundas Mentes cercanas. El voyeur definitivo. Gracias a esa trampa (él lo llamaría “don”), sabía que había cuatro personas más en el vagón.
Estaba la Señora 1999-P. Estaba rememorando recuerdos: preparar la comida de sus hijos, besar a su marido, disfrutar de la compañía de sus padres… El Señor 900-Y supo era eran sueños prefabricados. La Industria Oniros insertaba fantasías en las mentes de sus clientes bajo previo pago. Otro logro del Señor 900-Y.
También estaba en aquel vagón el Señorito 2004-F. Disfrutaba en su Segunda Mente de la conversación con su novia, la Señorita 2007-L. Estaba contento mientras tuviese contacto con ella de forma cibernética. Aún no se atrevía a conocerla en la realidad. Eso debía ser algo realmente complicado. Pensaba en descargarse algún programa para solucionarlo. El Señor 900-Y apuntó un par de ideas para nuevos proyectos tras “ver” los pensamientos del joven.
Había una chica también. El Señorito 2004-F estuvo a punto de insultarla por acaparar la Red Oniros (pero no lo hizo por el temor a socializar). El joven no sabía que el nombre de ella era Señorita 2007-L. 900-Y disfrutó de la coincidencia.
Por último, estaba el Señor 2100-W. Tocaba el saxo en Otra Vida, un videojuego donde la gente podía crear un personaje y tener otra existencia. Toda la gente tenía una cuenta desde que nacía. El Señor 2100-W, a parte de músico, era cooperante en los Continentes de la Hambruna y disfrutaba de ayudar a los demás a través de Otra Vida. Ya había ganado diez medallas de buen samaritano. El Señor 900-Y disfrutó al saberlo, él diseñó el juego.
De tal forma, 900-Y era feliz. En su Segunda Mente, soñaba con el vuelo de un halcón, mientras, fuera, el último perro moría por la polución de la megaurbe. Al menos podía soñar con la libertad, más allá de los cortes publicitarios (“compre su parcela en Marte”, “sea feliz, pensamos por usted”, “nuevas cápsulas alimenticias, ahora con sabor a pollo”…).
Poco después de atravesar las cumbres de cristal y la lluvia de ácido de la mañana, el Señor 900-Y recordó algo: debido a sus viajes por la frontera sideral, había olvidado actualizar el sistema de respiración. “Un error demasiado humano”, pensó.
Llamó a través de la Segunda Mente para renovar el programa que le permitía respirar. Había que pagar por tomar aire. Fue idea suya. El oxígeno era un bien caro.
—Señor 900-Y tenemos unos problemas técnicos. Deberá esperar unos minutos para renovar el contrato.
La voz átona de la máquina de la Segunda Mente le dio dolores de cabeza. Tendría que rehacerla.
—Si no respiro, no podré esperar unos minutos– dijo el Señor 900-Y.
—Lo siento, pero no es problema de mi departamento. Pruebe en unos minutos.
— Pero ¿cómo se atreve? ¿Sabe quién soy?
Colgaron. 900-Y supo que si no pedía ayuda, moriría asfixiado. Tanto tiempo con la humanidad le había hecho débil.
Entró en la mente de los cuatro y los cuatro lo expulsaron. La Señora preparaba el almuerzo para su familia ficticia, el Señorito veía una película con la Señorita y el Señor no quería ayudar en la vida real, porque no daban puntos. Ninguno tenía un suspiro para ayudarle.
Ese fue el preludio del caos. Llegó la asfixia con dolor y gemidos. Cayó al suelo entre convulsiones. Buscó socorro, pero la Segunda Mente se rompió. Una idea surgió en su mente: ¿y si cuando era niño, los auténticos villanos no fueron los que le robaron sino los que no le ayudaron? ¿Y si distraer y deshumanizar al mundo fue un error? Tembló y no fue por el acto de morir.
El resto de los pasajeros solo hizo una cosa por él: subir el volumen e ignorarlo. Otra muerte más. No importaba. No era su vida.

6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Hola, Rydia :)

      ¡Muchísimas gracias! ¡Me alegro de que te haya gustado! Pienso en este tipo de cosas cuando voy en el tranvía y veo a la gente pegada a un móvil. Cosas raras mías.

      ¡Muchas gracias por el comentario! Hasta pronto =)

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  2. ¡Me encanta! Ya me gustaría a mí quedar finalista, algo sería...

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    1. Hola, Hitos

      ¡Me alegro de que te haya gustado!

      Pues a participar, en general no suelo enviar relatos a concursos de nada, pero ya se sabe: perder lo tienes de antemano si no se intenta.

      Ánimo y a escribir, camarada =D

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  3. ¡Tongo! Esto merecía la victoria. Pelopúntico y distópico relato el suyo, mi lord.

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    1. Hola, Pedro

      No creas. Me conformo con que al menos hayan reconocido un relato de ciencia-ficción (o simplemente distópico) =)

      Gracias por tu comentario, un saludo.

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