15 de mayo de 2020

Confía en los dragones: consejos para escribir de Ursula K. Le Guin



Los escritores somos expertos en muchas cosas: soñar despiertos, pensar que todo lo que nos ocurre puede servir para una historia, beber café y, sobre todo, perder la fe en nosotros mismos. ¿Hay una piedra en el camino? Allá vamos para tropezar. ¿Funciona bien la bicicleta de la escritura? He aquí un palo, vamos a ponerlo en la rueda y a reventarnos los dientes. ¿Nos ocurre algo malo? Nos lo merecemos, somos culpables al cien por cien, horribles, tenemos que dejar esto. ¿Conseguimos algo bueno? Pensamos que no lo merecemos, que somos farsantes.

He leído muchos textos que hablan sobre el síndrome del impostor. Neil Gaiman lo popularizó en una de sus charlas. Una vez comenzó a tener éxito con sus cómics y sus libros, él mismo pensaba que no se lo merecía, que estaba engañando a la gente, que era un impostor y un día vendría una especie de policía del arte que tumbaría su puerta, le dirían que era un farsante y le buscarían un trabajo de verdad. Por mucho que pueda sonar a algo insólito, creo que a todos los autores nos ha pasado.

Y pienso que el término clave para superarlo es la confianza. No entendida como un recurso de libro de autoayuda o como un ego tan increíble e inflado que acabes flotando como la tía Marge de Harry Potter. Es tener confianza no tanto en nosotros mismos (que nunca viene mal), sino en nuestra historia. Descreídos que somos, a menudo pensamos, ¿en qué o quién debemos tener confianza? En nosotros mismos, en nuestra historia y nuestro lector. Lo he aprendido gracias a la reina de la fantasía: Ursula K. Le Guin.

En 2018, la editorial Círculo de Tiza publicó en España una colección de ensayos de Le Guin titulada Contar es escuchar. Eran textos dedicados a la escritura, la lectura y la imaginación. Y en ellos llega a hablar de cómo la confianza nos impulsa desde esa historia que tenemos en nuestra mente hasta la que ponemos en el papel. ¿Te atreves a descubrir cómo?

Contar es escuchar es un compendio de ensayos de la autora. Imprescindible. Fuente.
Confianza en ti mismo
La confianza en uno mismo y en nuestra escritura no consiste en hincharnos de ego y pensar que somos maravillosos sin más, consiste en practicar, en leer, en escribir… No es que tomemos de repente los mandos de un avión y lo aterricemos sin más, es que hayamos practicado y entrenado lo suficiente como para saber que aterrizaremos y lo haremos bien. Y esto no se consigue con decirlo, se consigue haciéndolo.

Si piensas que es trabajo duro y evitas hacerlo, es ego. Si trabajas y te esfuerzas, surge la confianza en que te mereces aquello que recibes o haces.
«Antes de sentarte a escribir, ni la historia ni el lector existen siquiera, y solo debes confiar en ti mismo. Y lo único que puedes hacer para confiar en ti mismo es escribir. Dedicarte al arte. Escribir, haber escrito, esforzarte por escribir, planear escribir. Leer, escribir, practicar, aprender el oficio, hasta saber algo al respecto y saber que sabes algo al respecto» (Le Guin, 2018:299)

No es fácil conseguirlo. Por mucho que escribamos o leamos, siempre tendremos la alargada sombra del síndrome del impostor, pero Le Guin da un consejo que Neil Gaiman también daría años más tarde (no olvidemos que Gaiman reconocía la deuda que tenía con la escritora). Sé que, para muchos, será simplemente un consejo divertido, pero a mí me ha servido no solo como escritor, sino como estudiante, como profesor. He “fingido” ser el escritor, el estudiante o el profesor que me gustaría ser, he hecho lo que haría el escritor, el estudiante o el escritor que querría ser y, al final, tampoco había mucha diferencia entre interpretarlo o serlo. ¿Farsante? Más bien, un confiado con sus propias “particularidades”. ¿Cómo conseguimos la confianza? Con la práctica. 

«Y en ocasiones, en especial si eres novato, finges: actúas como si supieras lo que haces, y quizá hasta te sales con la tuya. A veces, si actúas como si tuvieras un don, acabas por tenerlo. También eso forma parte de tener confianza en uno mismo».





Confianza en la historia


Escritores que no escriben o escritores que escriben y destrozan sus textos ante críticas imaginarias, quitándole aquello que les daba viveza. ¿Qué les pasa? Les falta confianza para materializar las historias de una forma respetuosa con las propias historias.


Tener confianza en una historia significa estar dispuesto a no tener el control absoluto de la historia mientras escribes y, para ello, es necesario saber escribir y para saber escribir hay que escribir, la práctica es lo que hace que sepas qué caminos tomar. En este punto, nos recuerda al bueno de Terry Pratchett. La práctica nos permite, según Le Guin, adquirir técnicas, práctica… y luego aprendes a soltarlo. Lo compara con ser un jinete: pese a que mucha gente dice que no se domina al caballo para luego dejar que haga lo que quiera el corcel, ella quiere ir un paso más allá. «A mí no me alcanza con ser un buen jinete, quiero ser un centauro. No quiero ser un jinete que controla el caballo; quiero ser el jinete y el caballo», decía la autora. 


No es un tema simple,  habla del respeto que siente hacia el arte, la necesidad de la habilidad, la experiencia, el pensamiento arduo y el trabajo minucioso, incluso el respeto por una coma. Recordemos a Stephen King, que decía que de escribir y leer constantemente. ¿Por qué? Porque conseguimos armas y, si preferimos una comparación menos violenta, herramientas para una caja que no debemos dejar de lado. Y uno de sus compartimentos más importantes, el que a menudo nos traiciona, es la necesidad de la gramática y la ortografía. Tenemos que conocerlas, practicarlas, leerlas, sentir curiosidad por ellas… Puede que nos siga traicionando de vez en cuando, pero cuanto menos lo haga, menos entorpecerá la lectura y nuestro mensaje.

«Quienes dicen que las comas no tienen importancia podrán referirse a la autoexpresión o a la terapia u a otras cosas buenas, pero no a la escritura. Puede que estén hablando sobre la mejor manera de empezar, o de romper las barreras emocionales; pero, desde luego, no están hablando de escribir. Si uno quiere ser bailarín, debe aprender a usar los pies. Si quiere ser escritor, debe aprender dónde van las comas. Solo entonces podrá preocuparse lo demás».


Sé un centauro y posa así, como si Pixabay no se diese cuenta.



No te saltes los pasos previos a ser un centauro


Conozco a escritores que detestan la documentación, porque piensan que es irse a una biblioteca polvorienta y buscar información sin más. Aparte de que las bibliotecas y buscar información es algo maravilloso, más allá de vernos como Gandalf buscando qué es el Anillo Único en Gondor, tenemos que pensar en la documentación como un proceso que nos llena, que nos embarca en aventuras y enfoques nuevos. A mí me encanta y recuerdo que Chuck Palahniuk, en una entrevista, dijo que era su proceso favorito. Sea tu preferido o no, el planteamiento y la documentación son dos puntos que no deberías saltarte ni apresurar.

«El control deliberado y consciente, en el sentido de conocer y respetar un plan, un tema, un ritmo y la dirección establecida de la obra, es fundamental en la etapa de planteamiento -antes de sentarse a escribir- y más tarde, al corregir, una vez finalizado el primer borrador. Durante la escritura misma, lo mejor es soltar el control intelectual consciente. Insistir a conciencia en determinada intención puede interferir con el proceso de escribir. El escritor puede convertirse en un obstáculo para la historia».



No es místico. Por mucho que escribir sea mágico y exista cierto misterio en el arte, la perspectiva de la autora de Terramar en este punto se basa en la práctica y la familiaridad que se van consiguiendo a medida que se escribe y se practica. De ahí se pasa a saber usar los sonidos verbales, los sentidos de las palabras, el ritmo de las oraciones, la sintaxis… igual que el bailarín sabe dónde poner un pie en determinado momento



«Así pues, muchos artistas sienten que trabajan en un estado de trance y que, en ese estado, no toman decisiones. La obra les dice lo que ha de hacerse, y ellos lo hacen. Tal vez sí sea tan místico como suena».

Una vez se ha practicado, se debe llevar a cabo un acercamiento a la ambientación, los sucesos, los personajes… Es un terreno incluso más profundo que la documentación y puede llevar años. Consiste en cazar ideas, ver cómo estas evolucionan.  


Una vez se realice se podrá escribir dicha historia. Empezaremos una historia que, una vez se ponga en marcha, requiere que abandonemos el control, las intenciones, las teorías, opiniones… Hay que confiar en ella. Debemos ser centauros.


Pero ¿quieres ignorar todo esto? Ignóralo. Si no tienes control ni preparación, el ritmo flojea, es incoherente, la escritura descuidada y eso arruina la obra. El exceso de control por cohibición, competitividad, trae ahogo, artificialidad, un lenguaje ampuloso y la muerte de la obra.


Piensa en que te puedes convertir en un centauro guay como los de Pixabay.

No temas a la epifanía

Creo que a todos los que contamos historias nos ha ocurrido esto alguna vez, pero es la escritora de Terramar la que le da el nombre de «epifanía» (que no negaré que a muchos le recordará a cierto carácter religioso, mientras que a otros nos recuerda a una canción de Sweeney Todd… Prioridades que tiene uno, ya se sabe...). Si te pareces a mí (lo siento), cuando empiezas a pensar en una historia, piensas en ella casi todo el rato. Te levantas, te haces el desayuno, trabajas, vuelves a casa, almuerzas, comes, pones el lavavajillas y lo que haga falta hasta que vuelves a la cama pensando en esa historia. Es una fase que me encanta. Todo puede servirte para una historia. 


Algunos piensan que somos esponjas, yo prefiero pensar que somos urracas atrapando cosas brillantes para llevarlas a nuestros nidos, como pensaba Neil Gaiman. Ser una esponja significa absorber todo y convertir tu mente no en un nido de cosas brillantes, sino en un refugio para el síndrome de Diógenes. 


Lo interesante de este aspecto de buscar cosas brillantes es cuando, a veces, llegamos a una gran idea y tenemos la epifanía, que puede suceder en cualquier lugar: mientras hablamos con nuestra pareja, hacemos la cola en la caja del super o estamos dando un paseo. 


Muchos piensan que es que se te aparezca la musa; yo no tengo nada en contra de las musas, me encantaban en la película de Hércules, pero sí que creo en esa frase que suelen decir que dijo Picasso: más vale que te pille la musa trabajando y creo que pensar en tu historia, como afirma Le Guin, es estar dando el primer paso para trabajar en ella. 


Llevados por algunos pensamientos en ocasiones negativos (que implican que, si no hay tinta en el papel, no hay historia), podemos llegar a apresurarnos y eso puede matar a nuestra literatura. Le Guin pide que no forcemos la epifanía, que le demos tiempo, y hace un símil o animalización que me encanta, porque siempre he pensado que si hay un animal real que recuerda a los dragones (que tanto amaba la autora) no son tanto los reptiles, sino sus majestades los gatos:

«Tu mente es como un gato que sale a cazar; ni siquiera sabe con seguridad qué está cazando. Escucha. Sé paciente como el gato. Permanece muy, muy atento, alerta, pero siempre paciente. Avanza lentamente. No obligues a la historia a cobrar forma. Déjala que se muestre. Déjala tomar impulso. No dejes de escuchar. Toma apuntes o haz cualquier otra cosa si tienes miedo de olvidar algo, pero no te precipites al ordenador. Deja que la historia se acerque a ti. Cuando esté lista para arrancar, lo sabrás».

Entonces, estamos de acuerdo, nos preparamos más y más…, pero llegará el punto en que debamos parar, dejar de almacenar. La práctica que citaba Le Guin creo que es la que nos dice: «para ya, ponte a escribir». Debemos saber cuándo dejar partir nuestra historia cuando la escribimos y la corregimos y mil cosas más, pero poco se habla del momento en que llegamos a un punto en que debemos saber cuándo empezar a escribir. 




Necesito un giratiempo


Un aspecto que me gusta de mi trabajo como profesor es que los estudiantes siempre te hacen preguntas y sé que ahora tendréis una pregunta. «Vale, vale, tengo miles de archivos con documentación o ideas, un tablero de Pinterest con imágenes, me he visto varias películas sobre el tema (algunas muy cutres)… Creo que ya sé lo que quiero escribir, pero no tengo tiempo. ¿Qué puedo hacer?». 

A menudo, los consejos literarios hablan de trabajar todos los días, de crear el hábito, el músculo literario del que hablaba Ray Bradbury en El zen en el arte de escribir, pero la realidad es la que es y más con la crisis que se nos viene encima. Si no contamos con tiempo para escribir cuando creemos que nuestra historia esté lista (por motivos familiares o laborales, por ejemplo), Le Guin recomienda que nos aferremos fuerte a ella hasta que tengamos tiempo para escribirla. ¿Cómo aferrarnos? Piensa en tu historia, aliméntala, escríbela en tu cabeza, sueña con ella, medita, añade detalles… Estás en la preproducción de tu película, en la fase de documentación y toma de ideas de los libros, y llegará un momento en que puedas ponerlo en papel.


Puede que esta respuesta no te satisfaga, pero debes saber que hay muchos escritores que, sistemáticamente, usan ese método. Son autores que me recuerdan a seres mitológicos. Apenas apuntan ideas, considerando que aquellas que olvidan son las que no son valiosas. Escriben solo cuando sienten llegar la pasión y tienen toda la historia montada en su cabeza. Dicen que es entonces cuando más viva la sienten. Uno de los casos paradigmáticos es Gabriel García Márquez, que solo escribía sus novelas cuando ya las tenía en su mente. Entonces, el Premio Nobel se encerraba en su despacho y escribía sin parar. Es lo que K. Le Guin cataloga de entrar en trance durante la escritura; ella lo califica de aterrador e insaciable y nos ocurre ya sea si esperamos para escribir nuestra historia o si somos escritores hormiguita que trabajamos poco a poco, cada día, aunque sea con cien palabras en nuestra historia.


Puede que ahora, como mis alumnos, vuelvas a la primera pregunta: «pero, profe, no tengo tiempo y necesito trabajar de otra cosa y hacerme cargo de mi vida… ¿Puedo vivir de escribir?». Ah, esa cuestión, la terrible cuestión que destruye el corazón de muchos artistas. No hay una respuesta definitiva. Depende de muchos factores. En España es tremendamente complicado vivir de lo que escribes: no hay muchos lectores, muchas veces nuestro mercado editorial no se atreve a publicar en otros países de habla española (sí, es ridículo) y el trabajo artístico no suele tener una alta consideración. Así que lo más seguro es que pases hambre y una vida de privaciones. Y eso te restará muchísima libertad para hacer lo que quieras. Puede que en algún momento decidas incluso seguir al mercado y eso te acabará destruyendo, en muchas ocasiones, porque escribirás cosas que ni a ti te gustarán y confiarás en que a los demás sí, porque necesitas pagar los recibos. 


También existen juntaletras que consiguen tener a una familia que les ayude. Ya sean sus padres, hermanos o pareja, ese juntaletras cuenta con el apoyo para llevar a cabo sus sueños de papel y tinta. No suele ocurrir mucho. Y cuando lo pienso, me imagino a escritores de otra época.
Hay un segmento ínfimo que sí vive de lo que escribe. Es al que muchos aspiran llegar algún día. Algunos piensan que consiste en vivir en una mansión, condenadamente rico por lo que se escribe, esperando el siguiente bestseller… Pocos ven las “sombras”: vivir para tus libros, aunque no signifique escribir, sino formar parte del mundillo literario, que tiene muchísimo de mundillo y poco de literario, como afirmaba Carlos Ruiz Zafón. La realidad es que puede que no tengas ninguna mansión y lo que sí tengas sean dolores de cabeza a la hora de hacer.


¿Quieres vivir de lo que escribes como Proust? Le Guin no es muy partidaria, habla de tener lo suficiente para vivir y una habitación propia (hace alusión a Woolf), sin culpar a los demás de no tener tiempo para escribir o sin hacer que otros nos den lo que necesitamos para vivir y la habitación sin más. Comenta de la importancia de cónyuges que muchas veces entienden que te pases días y días frente al papel, pero eso no te convierte en un mártir de las letras. Debes ser responsables. 


En la mayor parte de los casos, el escritor no vive de sus historias. Sí, hay un segmento pequeño que lo consigue como Stephen King o la propia Le Guin, pero, ojo, muchas veces, antes de llegar a ese punto, trabajaron de otra cosa, como en el caso de King de escritores. Por poneros un ejemplo, Alan Moore comentaba que era importante que los escritores tuviesen un trabajo que les ayudase a mantenerse; él trabajó en su momento esquilando ovejas mientras empezaba a publicar en revistas underground, no me parece mala idea.


En mi caso, si me lo permitís, os comentaré que, en un tiempo, solo me dediqué a escribir… E irónicamente, no escribí mucho. El tema de recluirme sin más, solo escribir por escribir, no suele ayudarme. Me bloqueo, me faltan ideas pese a que lea, no encuentro personajes de verdad… El momento en que más historias, personajes y hechos consigo para escribir es cuando trabajo, aunque ese trabajo pueda quitarme tiempo para escribir, pero lucho por hallarlo los fines de semana o cada noche, aunque sean cien palabras. Tener trabajo, además, te permite ese sustento que aparte de un techo, comida, luz y otras comodidades, te permite algo mejor si está decentemente pagado: libertad para escribir lo que quieras. Tú dirás que dependes de un editor, pero también existen editores independientes. La gran revolución consiste en tener libertad de expresión, pero la revolución auténtica será aquella cuando aprendamos qué decir, cómo decir y cuándo callarnos.


El gran problema de nuestro país es cuando no hay gente que lea, no hay gente que pague buenos sueldos o no hay ni siquiera empleo. En este aspecto, creo que los economistas podrán decir más que yo. Por mi parte, te deseo suerte. No te dejes llevar por imágenes de escritores bohemios que deben sufrir para crear. Ojalá puedas llegar a vivir de lo que escribes. Muchísimo ánimo y no abandones las historias, que, como bien decía Shirley Jackson, son nuestra tabla de salvación.


Pese a que la animadversión de Le Guin hacia Harry Potter era evidente por cómo Rowling suele ignorar a los autores que la influyeron, la metáfora del giratiempos creo que nos viene bien en este punto. Fuente.


Más allá de esquemas


Si usamos la técnica de almacenar la historia y luego escribirla, Le Guin dice que el proceso es más fácil y que se basa sobre todo en nuestra confianza, esa confianza es la que nos hace saber por dónde nos dirigimos. Por el camino, si las ideas previas cambian y hay que transformar la historia, Le Guin lo hace sin problemas.  «Toda obra de arte tiene razones que la razón no entiende por completo». Este aspecto recuerda a Terry Pratchett y su idea de que la practica nos vislumbra el camino mejor que un esquema.


Escribimos, entramos en trance y, si hay suerte, en algún momento terminamos…, pero no la obra, sino el borrador. Ese bosquejo es cálido, apasionado, lleno de una belleza fatua… Hay que dejarlo enfriar, darnos cuenta de sus problemas y ponernos a corregir. Hay que repasar la obra palabra por palabra, haciendo pruebas y ensayos hasta que funcionen. Muchos autores hablan de acabar una obra y dejarla en un cajón antes de corregirla para despegarse del texto y, cuando vuelvan a él, sentir que lo ha escrito otra persona. Eso les permite tener más claridad. No es una mala idea.


Y existe otro motivo: a menudo, escribimos algo que ni siquiera esperamos. ¿Magia? No, aunque la literatura siempre nos sorprende de modos inesperados e insólitos.

«Cuando acabas una historia, siempre es menos que la visión que tenías de ella antes de escribirla. Pero también puede hacer más de lo que sabías que estabas haciendo, decir más de lo que te dabas cuenta de que estabas diciendo. He ahí la mejor razón para confiar en ella: permitir que se encuentre a sí misma».



No le faltes el respeto a tu historia
¿Se puede faltar el respeto a una historia? Imagino que, para muchas personas, resultará insólito o extraño, pero para los que llevamos un tiempo escribiendo, no.

La clave es: ¿por qué escribes? ¿Por fama? ¿Por el mercado? ¿Por lograr la justicia y el bien? ¿Por la opinión de la gente? ¿Por la sanación? Le Guin considera que estos motivos externos a la propia historia hacen que le faltemos el respeto a la historia, porque controlan, limitad y acaban con la capacidad de la auténtica historia. 


Por poner una muestra de ello: en medio de tu historia decides soltar un sermón, incluir un personaje por el marketing o censurarte a ti mismo para venderla mejor. Estás faltándole el respeto, no nace de la propia historia.

Entonces, ¿cuál es la otra posibilidad? ¿Arte por el arte? Más bien, lealtad a la historia. Habla del ejemplo de cómo Guerra y paz funcionaba para ella mejor como una historia que cuando su autor Tolstói decidía soltar su sermón. Y considero que es cierto. No hay nada peor que notar que el escritor hace acto de presencia, es como si en medio de una obra de teatro o una película apareciese el guionista y le dijera al público: «pienso esto y mira qué listo soy». Eso creo que solo le funciona a Woody Allen.


Los dragones de Le Guin en la versión animada. Piensa en tu historia como si fuese un dragón, ¿le faltarías el respeto? Fuente.

Confianza en el lector


¿Tú cómo imaginas que es tu lector? No pienses simplemente en un target, un objetivo comercial, piensa en quien quiera descubrir tu historia. De un modo puro. No pienses en dinero o fama. Piensa en esa persona que podría disfrutar tu historia. Bien, ¿ya te lo imaginas? ¿Cómo lo quieres tratar? ¿Como a un idiota o como a alguien inteligente? Esta última parece una pregunta absurda, pero creo que todo lector sabe cuándo hay escritores que los toman por tontos y cuando no.


«Ser escritor, concebir una ficción, implica a un lector. La escritura es comunicación, aunque no solo eso. Uno se comunica con alguien. Y lo que unos quieren leer influye en lo que otros quieren escribir. Las necesidades espirituales, intelectuales y morales del pueblo del escritor le piden ciertas historias. Pero eso opera en un nivel bastante subconsciente».


A menudo me encuentro con lectores de novela juvenil que se conforman con cualquier cosa. En otras ocasiones, con lectores que piensan que su "opinión" debe prevalecer sobre cualquier otra, aunque carezca de argumentos. No me meteré demasiado en esto, prefiero un tema que me resulta muchísimo más fascinante: ¿quieres un lector activo?

«Sin el lector no hay historia. Por muy bien escrita que este, no existe como historia si nadie la lee. El lector hace realidad tanto como el escritor. Los escritores tienden a desestimar este hecho, quizá porque les molesta.
La relación entre el escritor se ve como una cuestión de control y consentimiento. El escritor es el Maestro, el que domina, controla y manipula el interés y las emociones del lector. A muchos escritores les encanta la idea.
Y los lectores perezosos quieren escritores dominantes. Desean que el escritor haga todo el trabajo mientras ellos se lo quedan mirando, como si de la televisión se tratara».

Julio Cortázar, con Rayuela, pretendió que su lector pudiera crear su propia historia junto a él, el escritor. Para ello, concibió unas reglas para seguir su historia. Reglas que te podías saltar. Existían varios libros en uno solo, no obstante. Por desgracia (y aunque más tarde lo rectificó), Cortázar habló de "lectores macho" y "lectores hembra"; los machos son los que hacen, los que construyen junto al lector, los que se implican; los lectores hembra son los pasivos, los que esperan que todo se les dé hecho, que la historia vaya de A C pasando por B, sin sorpresas. Entiendan que Cortázar rápidamente tuvo que corregir estos términos y que, seguramente, Le Guin le dedicaría palabras similares a las que le dedicó a Hemingway por estas palabras tan cuestionables.


Más allá de los términos, el fondo sí es interesante. ¿Qué confianza tienes en tu lector?

«Puedes considerar al lector no como una víctima indefensa o un consumidor pasivo, sino como un colaborador activo, inteligente y digno. Un cómplice, un coilusionista. […]. Una historia es una colaboración entre el narrador y el público, entre el escritor y el lector. La narrativa no solo es fabulación, sino confabulación».


Estas palabras de Le Guin son tan poderosas que no puedo estar más de acuerdo. Pero ¿qué ocurre? ¿Por qué hay escritores que quieren corderitos? ¿Por ignorancia? ¿Por manipular? ¿Por ser más sencillo? ¿Por suponer un menor esfuerzo intelectual para el escritor y el público? Muchos prefieren leer a Dan Brown porque es más sencillo que leer a Joyce, ¿no? Que cada uno elija la respuesta, pero la verdad es que los bestsellers se basan en coger por el cuello al lector.

«La mayoría de los bestsellers están escritos para unos lectores dispuestos a ser consumidores pasivos. Con frecuencia, los resúmenes de la contracubierta del libro señalan la capacidad coercitiva y agresiva del texto: no podrás dejar de leer, te golpeará en el estómago, te electrizará, te volará la cabeza, se te parará el corazón. Ni que estuviera hablando de tortura con electroshock».

En su ensayo, Le Guin advierte de tener cuidado con lo que llama la escritura del periodismo que busca atrapar, sorprender y no dar tiempo para respirar al lector. Sé que esto puede que se cargue muchos de los consejos literarios que has leído sobre atrapar al lector, zarandearlo, hacerle que se quede sin respiración y todos esos temas. Es comprensible. Puede que me haya vuelto viejo, pero con los años, disfruto más de las novelas largas (que no alargadas) donde puedo disfrutar de un nuevo mundo sin prisas, sin tener que sufrir sobresaltos constantes. No me molestan las largas descripciones sin son buenas, no me molestan las historias si están bien trabajadas… Me molesta más la simpleza o el truco fácil. Y una historia puede ser interesante sin, constantemente, caer (valga la ironía) en el cliffhanger.


«Los escritores que deciden entablar una relación de confianza recíproca con el lector creen que es posible captar su atención sin asaltos ni porrazos verbales. En lugar de atrapar, asustar, coaccionar o manipular a un consumidor, los escritores colaborativos intentan interesarlo. Inducir o persuadir al lector para que avance con la historia, formando parte de ella y añadiendo su imaginación».

La transición de la terapia del electroshok del lector a esta variante como colaborador es complicada, pero una vez se suman a esa creación compartida, ya nunca volverán a lo anterior. 


Para Le Guin, los dragones representaban seres únicos que plasmaban gran parte de la psique humana. Fuente.

Conciencia del público

Escribes para alguien. Te guste o no. La narrativa más arriesgada se olvida del lector y el mercado, sin contar con que alguien la leerá. Y, de hecho, la mayoría de ellas jamás serán leídas o serán ilegibles. Muy pocas lograrán su "fin" de ser consideradas obras maestras. 

Por tanto, no hay que olvidar que nos dirigimos a un determinado público y que, aunque nos preocupe qué decimos y cómo lo decimos, no debemos olvidar que existe un lector. Podemos contar con lectores específicos y reales como tu pareja, amigos, compañeros de talleres, maestros, editores, agentes... Ahora bien, tú decides como asumirlo. Le Guin habla de dos conductas: gente que nunca acepta las críticas y que o bien son cabezotas o son genios (el tiempo lo dirá) y gente que acepta todas las críticas y sugerencias e, irónicamente, matan su obra. ¿Nos quedamos en un término medio? Será lo más sensato:


«Los escritores necesitan una habitación propia, no una habitación llena de críticos imaginarios que los miren por encima del hombro y digan: «¿es “el” una buena palabra para empezar una oración?”».

Volvemos al tema de la confianza en este punto. No es sencillo. ¿Cómo sabemos si estamos en lo acertado o no? ¿Corazonadas? Muchas veces las corazonadas están basadas en la experiencia, en la práctica, en saber lo que estamos haciendo, aunque parezca que ni lo hemos pensado… Podemos llamarlo instinto, pero consiste sobre todo en la preparación. Y, en la literatura, nos preparamos leyendo, documentándonos, escribiendo, corrigiendo, editando, debatiendo, reescribiendo… Si lo hacemos, desarrollaremos confianza, corazonadas, instinto.


«¿Qué puedo recomendar? Confía en tu historia; confía en ti mismo; confía en tus lectores. Pero con sabiduría. Confía con cautela, no ciegamente. Confía con flexibilidad, no con rigidez. Todo este asunto de escribir una historia es un ejercicio de equilibrismo; estás en mitad del aire, caminando sobre una cuerda floja de palabras, mientras los demás te miran desde allá abajo, en la oscuridad. ¿En qué puedes confiar sino en tu sentido del equilibrio?».

Atravesar el vacío mediante la confianza como metáfora de lo que es la escritura... ¿No es maravilloso? Imagino que, si tenemos que atravesar esa cuerda floja, será mejor centrarnos en la historia (esa cuerda) que en los espectadores, en cómo nos recibirán, en qué pensarán de nosotros, en si conseguiremos seguidores, etc. Si creemos más en los otros que en nosotros, me temo que solo nos estamparemos. Es decir, pensar en el público constantemente y con un fin comercial puede matar la magia y puede llevar al limite al escritor. Tener demasiado en cuenta al público te hará dudar de tu historia, el lápiz, el cuaderno…


«Las limitaciones impuestas por un público específico pueden llevar a una forma muy elevada de arte; al fin y al cabo, todo oficio responde a normas y limitaciones. Pero si la conciencia del público como mercado es el factor principal que rige tu escritura, serás un escritorzuelo. Hay escritorzuelos pretenciosos y escritorzuelos sin pretensiones. Por mi parte, prefiero los segundos».

Creo que todos preferimos lo segundo.


Terramar supone un viaje tan fascinante, porque Le Guin escribió para ella, pero también para un público lleno de vida. Fuente.
Corrección y reescritura

Nos habíamos olvidado del lector mientras escribíamos el primer borrador, ¿no? Pues ahora, llegada la corrección y la reescritura, toca recordarlo. Estas dos fases suponen tener conciencia de que alguien leerá la historia. Resultan esenciales. El objetivo de corregir es la claridad, el impacto, el ritmo, la fuerza, la belleza.


«La corrección quita de en medio los obstáculos innecesarios para que el lector pueda recibir la historia».

Por eso es importante usar la coma adecuadamente, lograr la palabra adecuada (no una aproximada), desarrollar la coherencia... En definitiva, hacer la historia legible. Eso sí, la escritora advierte del peligro de un censor interno o externo demasiado activo que sea una avalancha de piedras en el camino de la historia.


«Al escribir, debo concentrarme por completo en la obra misma, confiar en ella y ayudarla a encontrar el camino, pensando poco o nada en para qué para quién escribo».




A modo de epílogo: ¿para qué sirve el arte?

Pregunta terrible. ¿Para qué sirve un bebé?, dice Le Guin citando a James Clerk Maxwell y, en realidad, es cierto que muchas veces buscamos grandes finalidades, sobre todo, con el arte llevados por un excesivo sentido de la utilidad. Recordemos que podríamos hablar del capitalismo y su afán de vender todo, pero también del comunismo y su búsqueda de un arte funcional y pedagógico de un estilo platónico.


«Las artes tienen una enorme capacidad para establecer comunidades humanas y cohesionarlas. Las historias, contadas o escritas, sin duda nos sirven para ampliar el entendimiento que tenemos de los demás y de nuestro lugar en el mundo. Tales usos son intrínsecos a la obra de arte, una de sus partes esenciales. Pero, con toda seguridad, cualquier finalidad definida, consciente u objetiva opacará o deformará esa esencia».

Nos pasamos la vida tecleando, viviendo historias que no existen, soñando despiertos… Es difícil explicar para qué sirve. Podemos dar razones por las que lo hacemos. Creo que es un buen debate, pero, al final de la jornada, si sientes que el arte te hace feliz, hazlo. No hay más. Cree en la propia historia, su belleza, su sentido, en lo que descubras sobre ella y que puede que no tuvieses planeado. No importa la finalidad didáctica o comercial, solo que disfrutes y que vivas más vidas que aquella que te ha tocado.
La adaptación de Terramar hecha por los Estudios Ghibli. Fuente.
Últimas palabras


Ursula K. Le Guin creía en la magia de las palabras. En Terramar, los objetos, los animales, las personas... todos poseen nombres auténticos, nombres que una vez se conocen, otorgan poder sobre ellos a quienes los pronuncian. En la realidad, también las palabras que ella escribía poseían magia.

Le Guin era y es una autora admirable. Su obra siempre me transporta a otro mundo regido por una visión muy propia. No se conformaba con hablar de dragones o magos, sino que habla de la profundidad de las almas. Sus hechiceros son misteriosos, todo tiene secretos, la naturaleza es crucial, el hermanamiento con lo extraño debe realizarse, la reflexión siempre está vigente y sus dragones nos enseñan secretos de nuestra propia sombra. 

La madre de Terramar tenía confianza en sí misma y no me extraña que sus consejos sean alentadores. Quiere que creamos y pienso que, si creemos en nuestra historia, podremos contarla. Parece simple, no lo es, como la gran literatura de la escritora estadounidense.

    Otros consejos sobre escribir:
    1. Clive Barker y el terror
    2. Stephen King y la huida de nuestro mundo
    3. ¿Qué hay que hacer para ser escritor, según Anne Rice?
    4. Terry Pratchett: no le copies.
    5. Shirley Jackson

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