24 de abril de 2019

Crítica de: "Asalto a las panaderías" de Haruki Murakami y Kat Menschik, "we all have a hunger"


Una de las geniales y alegóricas ilustraciones de Kat Menschik que acompañan a esta obra de Murakami. Fuente.
“Una maldición es siempre algo muy impreciso. No es como los horarios del metro”.

¿Recuerdan la reciente canción de Florence + The Machine: Hunger? En una de sus partes, se repite: We all have a hunger y, mientras leemos Asalto a las panaderías de Haruki Murakami, pensamos que esta canción de la británica podría ser un buen tema para acompañar este relato largo.

El escritor japonés nos narra en un cuento y su secuela la historia de un hombre que se ha propuesto robar en una panadería, ya que sufre un hambre insaciable, un agujero negro que jamás se colma ni se sacia. El panadero le propone, no obstante, que, a cambio de pan, deberá maldecirlo o, si no le parece bien, escuchar a Richard Wagner. Años después, este muchacho se ha convertido en un hombre respetable, está casado, es funcionario… Pero una noche, el hambre, voraz como un universo en blanco, vuelve a atormentarle a él y se contagiará a su esposa. Es entonces cuando cuenta la historia de su pasado y su mujer toma una decisión: tendrán que asaltar de nuevo una panadería y concluir lo que en su día dejaron a medias.

Sin duda, estamos ante una de esas historias tan particulares del genio tras obras como De qué hablo cuando hablo de escribir y en ella encontramos a unos personajes bastante especiales en ese mundo que parece real, pero, a veces, dudamos que lo sea del todo. Si Gabriel García Márquez fue uno de los padres del realismo mágico y Kafka dio lugar al adjetivo kafkiano dadas sus propuestas, Murakami combina por un lado un estilo mágico y onírico, y por otro unas premisas dignas del escritor de La metamorfosis o la vívida extrañeza de Márquez.

La obra no se hace larga, aunque su premisa parezca tan simple. Eso sí, al estar compuesto de dos relatos publicados con cierta diferencia temporal entre sí, no es extraño que el protagonista, en su segunda parte, cuente los hechos de la primera a riesgo de resultar redundante, ya que debía informar a los posibles lectores que no leyesen la primera.

Lo mejor, por supuesto, es el estilo de Murakami, que entra en el lector y otorga algunas metáforas y descripciones sumamente interesantes. Es capaz de hacer que nos creamos esta historia, incluso cuando juega con el humor o hace creíble lo increíble.

Sobre la edición ilustrada que he podido disfrutar, a diferencia de su trabajo en La biblioteca secreta, donde la ilustradora Kat Menschik era más literal, en Asalto a las panaderías la encontramos con una mayor carga simbólica, jugando con las metáforas sobre el mar y el naufragio con las que Murakami habla del hambre de sus protagonistas.

En resumen, como casi todas las obras de Murakami, es una novela escrita a interpretaciones. Algunos encontrarán una breve historia surrealista, otros hallarán una obra sobre deseos y maldiciones, y algunos se toparán con una carga onírica que siempre se encuentra en la prosa del autor de 1Q84. Lo importante es que no deja indiferente a nadie. No obstante, el hambre por Murakami no cesa.

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