21 de mayo de 2018

Crítica del cómic: "Miracleman Vol. 2: El síndrome del rey rojo"

Miracleman, el cómic con el que Moore comenzó a consagrarse. Fuente.
"Todas las pesadillas que me hiciste sufrir han sido destiladas en este único sueño. ¿Mereció la pena? ¿Tanto como para correr el riesgo de que dioses y monstruos pudieran campar a sus anchas por este mundo? ¿Mereció la pena tanta sangre y violencia? Sí, mereció la pena".

Alan Moore es uno de mis escritores favoritos. Podría perderme (y encontrarme) en muchos de sus cómics (que ya he leído en más de una ocasión) y siempre es un placer vagar por historias suyas que, todavía, no conozco. Durante años, el segundo volumen de Miracleman esperó entre mis lecturas y ya he podido devorarlo en unas de esas eternas esperas de hospital. ¿El resultado? Alan Moore sigue sorprendiéndome incluso en una de esas obras donde comenzaba a demostrar su talento, cómic del que, por problemas legales que ya os comentamos Pedro de Mercader y yo en la crítica de la primera entrega, ha renegado durante estos años.

Miracleman 2: El síndrome del rey rojo nos habla de cómo Mike Moran, el ser humano que guarda al dios y superhéroe Marvelman/Miracleman, debe hacer frente al secuestro de su esposa, embarazada de su pequeña. El secuestrador no es otro que el loco científico Gargunza, quien desea la inmortalidad y desvela sus funestos planes a la par que nos descubre el plan secreto para concebir al superhombre: Marvelman. El señor Cream, a su vez, intentará ayudar a Marvelman antes de que nazca la niña y los terribles planes de Gargunza se cumplan.

Alan Moore y sus dibujantes Alan Davis, Chuck Austen, John Ridgway y Rick Veitch, una vez más, someten al superhéroe a la técnica de la desmitificación. Y es que hablar de Moore es hablar de esto, de la demistificación, de tomar conceptos supuestamente bien anclados y mostrarlos de un modo distinto, diseccionando qué son y qué podrían llegar a ser. Moore observa este mundo desde una óptica propia. De ahí, Gargunza, del cual descubrimos su violento origen, creó al superhombre, pero también manipuló su mente para que este soñase con sus aventuras de la edad de oro, llegando a dudar de qué es real y qué no (la alusión al rey rojo del título es una referencia al personaje de Alicia en el País de las Maravillas, según se cita en la propia obra). A su vez, Moran es un humano maltratado, aviejado, que almacena a un dios si es capaz de pronunciar la palabra kimota. Es interesante cómo, además, poco a poco, Miracleman deja de lado su humanidad hasta convertirse en un dios. A lo largo de la historia del cómic, siempre esperamos que el superpoderoso haga el bien, pero Moore nos devela que no. ¿Qué tiene que ver la moral de un superdios con nosotros, míseros humanos? ¿Cómo podemos acaso atisbar el poder de su venganza, que para él puede ser justicia?

Puede que algunas de sus ideas, como el nacimiento del bebé superhéroe, resulten similares a otras que ya hemos leído en los últimos años, pero aquí está el germen de todas esas ideas. Del mismo modo, el desarrollo de tramas paralelas que resulta, aparentemente, sencillo, se muestra complejo para las siguientes entregas. Tenemos al Kid Miracleman a punto de recordar quién es realmente y a un hombre y una mujer de comportamiento extraño, vestidos de negro, que buscan a Marvelman; seres de origen alienígena que podrían tener algo que ver con el extraterrestre que sirvió a Gargunza para crear al superhombre y su familia.
¿Qué es convertirse o nacer como un superhéroe? Fuente.

La historia de un dios

No es un misterio que, al leer Marvelman, estemos leyendo un cómic histórico para los superhéroes y también para el tebeo en general. Como siempre Alan Moore te habla del bien, el mal, el ser humano, su relación con el mundo, la responsabilidad... Pero no lo hace desde un estrado, como una especie de profeta iluminado, lo hace como un artista que entretiene y entrega historias potentes incluso cuando está comenzando su carrera. Pese a que para Moore no es una de sus obras predilectas (seguramente más por todo el problema legal que acarreó esta obra), en Marvelman están los primeros pasos de otras obras superheroicas escritas por el autor de Northampton como Watchmen.

El dibujo, a menudo, con ciertos rasgos feístas, ayuda perfectamente a concebir esta obra sobre el poder y la divinidad de un ser que trasciende las limitaciones del ser humano. En su día, uno de los números de este recopilatorio resultó polémico por mostrar un parto (¿?), pero dicha escena, retratada por Moore, añade significado a una obra impactante.

La edición en tapa dura de Panini se complementa con extras, como historias cortas, portadas y páginas de bocetos de los números originales.

En conclusión, Miracleman 2: El síndrome del rey rojo supone profundizar una vez más dentro del trabajo de un genio como Alan Moore, el hombre que nos mostró a los superhéroes como dioses para hacer que nos diésemos cuenta de que, quizás, lo mejor que hacemos, es no creer en ellos. 

3 comentarios:

  1. Daniel (a través de RRSS)22 de mayo de 2018, 20:59

    Tema problemático donde los haya, y más de actualidad que nunca. Sobre todo al encontrarnos en un momento en el que parece estamos virando a la neutralidad inocua, cuando solo es el necesario punto de inflexión antes de conseguir virar la balanza

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    Respuestas
    1. Es triste pensar que en algunos medios teníamos más "libertad" hace algunos años que en la actualidad, aunque también veo muchos avances en los cómics que en el cine mainstream ni de broma (aún con sus avances).
      Nosotros llevamos décadas viendo personajes gays, de diversas razas, culturas, etnias... Y en el cine todavía le tienen miedo a este tema de la diversidad.

      Es triste, no obstante, que gente que nunca ha leído un cómic mire todo esto desde fuera y señale que el cómic está en pañales en cuanto a libertad (siempre con el mismo discurso de la imagen del superhéroe y no de su lectura), cuando realmente es un campo donde daría patadas a otras artes al menos en su versión generalista.

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    2. (Y lo dice alguien que está harto, por ejemplo, de la censura de las distribuidoras cuando traen animes a España. Véase lo que le hicieron a Tokyo Ghoul en la versión echada en Netflix y que me temo que es la que viene de USA capada, por ejemplo). También es que, con los años, me he vuelto menos partidario de esa idea de: "si alguien ve una peli violenta o juega a un videojuego violento, acaba pegando tiros a todo Dios". No, realmente este tipo mata a gente, porque tiene armas a su alcance, no por el juego o la película. De eso en USA saben mucho, pero en España también se tira mucho por Wertham cuando interesa...

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