8 de noviembre de 2017

Drácula de Bram Stoker, la eternidad del rey de los vampiros

Drácula es un mito de la literatura, el cine, los videojuegos, los cómics... y todo empezó con el libro de Bram Stoker que comentamos a continuación. Imagen libre de derechos.

“Las fauces del lobo son mejor lugar de descanso que la tumba del vampiro”.

Drácula. Su nombre impulsa al lector al vacío de las pesadillas plagadas de muerte y sangre. De eternidad y tragedia. Siempre es arduo escribir sobre un personaje que lo cambia todo, pero continuaremos cayendo bajo su sombra.

¿Necesita un mito como Drácula una presentación? ¿Qué se puede decir un personaje tan célebre que, cada uno de nosotros, tiene una visión sobre él muy particular? ¿Qué guarda bajo su poder y eterna noche? Podemos intentarlo.

Todo empieza con Jonathan Harker, un joven abogado que emprende un viaje hasta el castillo de un solitario conde transilvano. No se imagina el horror que despertará y el mal que traerá a Londres y que tocará a personajes como el doctor Seward, el aventurero Quincey Morris, el enamorado Arthur Holmwood, la joven Lucy Westenra, el excéntrico doctor Van Helsing, el lunático Renfield y la inocente Mina Murray. Diferentes hilos que se tejen en la red concebida por el siniestro conde vampiro Drácula.

Con esta premisa, Stoker elaboró Drácula, un libro que supone un triunfo de la literatura de terror a la hora de concebir un nuevo mito, un icono de los monstruos que ha sobrevivido a través de nuestra cultura durante eras. Para Stoker, Drácula era inmortal y también lo es para toda nuestra civilización, la cual sigue encontrando en sus páginas motivos para el escalofrío.


La sangre es vida

Bram Stoker tomó diferentes rasgos o características de obras precedentes. No solo se documentó a través de varias obras sobre leyendas, sino que también fijó su mirada en Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu, la joven vampira que cambió para siempre la literatura, bajo la sombra del oscuro lord Ruthven de El vampiro de Polidori. Drácula no surge de la nada, es una novela gótica que resulta de la suma de influencias, pero a la que también se le añaden rasgos inconfundibles que la convirtieron en un colosal éxito.

Decía Stephen King que la lectura de Drácula era obligatoria para cualquier amante del género del terror y no seré yo quien diga lo contrario. Drácula ha alimentado el género fantástico durante muchas épocas y ha logrado añadir cotas siniestras que todavía hoy siguen resultando inquietantes, como el encuentro de las novias de Drácula con Harker y la entrega del bebé como alimento.

La atmósfera y la ambientación de Drácula funcionan perfectamente a la hora de generar desasosiego en el lector que comienza el mismo viaje que Jonathan, rumbo a ese castillo perdido en Transilvania. Cada pequeño fragmento suma una imagen de oscuridad alrededor de un monstruo que sin Drácula no sería lo mismo. Efecto que ha logrado, entre otros, que esta novela sea una de las obras más vendidas y leídas a través de los tiempos y es que la figura del siniestro conde continúa fascinando y embargando la mente de muchos.

De dicho modo, Bram Stoker lograría tocar la cumbre como escritor con Drácula y la alargada negrura de este sería inseparable del resto de su trabajo, tanto que siempre se ha rumoreado que, cuando yacía moribundo, creía ver la sombra de un alma errante en su propia habitación, que bien agrega un desenlace aún más oscuro al autor que entregaría al vampiro a los nuevos tiempos.

A modo de resumen de esta parte del comentario, podríamos decir que, inspirado en Carmilla, los mitos y cierto actor que convirtió la vida de Stoker en insufrible, como dicen que Byron se la hizo a Polidori, Stoker daría vida al No muerto. Todas estas influencias dan sangre a Drácula, pero no son únicas.

Fotografía etiquetada para reutilización.

Vampiro de tinta

La forma en Drácula es muy importante. La obra está narrada a través de notas, pasajes de diarios, noticias de periódicos… Sin tener un narrador fijo, Stoker busca que creamos en el relato como si fuese cierto, como si él se hubiese limitado a ordenar los papeles de personajes tan conocidos ya como Jonathan Harker, Mina Murray, Lucy Westenra, el doctor Seward o el mismísimo Van Helsing.

Décadas y décadas después de su publicación, el “experimento” de Stoker, ya concebido o impulsado por otros autores, no decae o degenera con los años y aporta una visión multifocal sumamente interesante para el lector, pues comprendemos la historia a través de la visión de otros, lejos de la imparable omnisciencia. Cada personaje aporta una personalidad propia y no sentimos en ningún momento que sean seres clónicos como los de otras obras.

Es interesante pensar, a todas estas, que jamás tenemos un testimonio del propio Drácula, su visión de los sucesos, y es que Stoker se propone que el monstruo lo sea hasta la última consecuencia. El miedo parte muchas veces de lo desconocido y el propio Drácula lo es en todo momento. Sus acciones, su maldad, su horror se producen por su propia naturaleza y de él solo tenemos algunos apuntes descubiertos por Van Helsing y la narración del encuentro del pobre Harker con él. No necesita de grandes motivaciones como el amor que le diera Francis Ford Coppola en su adaptación, por ejemplo. No existe la dualidad del bien y el mal como en el doctor Jekyll y míster Hyde. El conde es vil y maléfico y no debe explicarse. Cada lector puede añadir su propia respuesta a las motivaciones o actos del conde, incluso dudar o no de su existencia. Jamás entendemos sus decisiones, pero todas las respuestas pueden ser posibles, como la misma muerte se carga de motivos para cernirse sobre nosotros sin tener que afinar la respuesta hasta que se abate sobre nuestros días.

El Drácula de Bela Lugosi, un clásico del celuloide. Fuente.

Horror y sangre

El ritmo no es un problema en la novela. Continúa encandilando al lector sin problemas, aunque se perciba cierto cambio en la última parte de la obra que acelera, quizás en demasía, su conclusión. Drácula comienza con un ritmo pausado que se vuelve más raudo quizás llegando a cierto rasgo presuroso. Por ejemplo, todo el caso de Lucy es mucho más lento que el conflicto final contra el conde y, ya perdidos bajo su oscuridad, nos preguntamos por qué Stoker no rompería alguna regla más y lo haría más extenso. Codicioso que es un servidor, sí.

A su vez, este rasgo distintivo del género epistolar, la crónica y el diario puede “asustar” más que el vampiro a muchos que temen este collage, pero Drácula, hoy, se sigue disfrutando igual que en su día; ningún arcaísmo o palabra desconocida puede dañarla cual estaca si el lector posee curiosidad. Continúa  produciendo la misma fascinación y entretenimiento que en su época, porque leer Drácula es leer el material con el que se conciben los mitos.

Drácula es llamado en un pasaje cercano al final: el Rey de los Vampiros, y estamos de acuerdo, porque es la imagen que muchos asocian al chupasangre. Sin Drácula, no tendríamos otros vampiros que han surgido bajo su sombra y que han llegado hasta nuestros días. No tendríamos a esa joya del expresionismo alemán del Nosferatu de Murnau (el cual casi destruye la esposa de Stoker gracias a una demanda por infracción a los derechos de autor de la obra de su marido). No tendríamos Lestat. No tendríamos a los Niños Perdidos de The Lost Boys. No tendríamos Spike. No tendríamos a tantas otras criaturas de la noche que han vagado por diferentes terrenos, desde la dramaturgia hasta el cine, pasando por los cómics como la Tumba de Drácula, los videojuegos como Castlevania, la música, la parodia, etc.

Sumergirse en las páginas de Drácula es descubrir el origen de toda una larga sinfonía de terror y comprender las diferencias, qué puntos se han añadido a posteriori a su mitología y qué sigue haciendo llamativo al avaro y violento conde.

Christopher Lee, el inmortal conde Drácula. Fuente.

Eterno Rey de los Vampiros


Drácula se publicó en 1897 y, a riesgo de caer en visiones peculiares y demasiado sesgadas por el momento, ha sido criticada por ser considerada una alegoría cristiana (la inocencia y la pureza del cristiano frente a la suciedad y maldad de los otros), el machismo contra Murray (a la cual se admira, pero también se quiere dejar de lado) o la xenofobia de ciertos comentarios, por ejemplo, hacia los gitanos o los judíos. Es la búsqueda de una doble lectura que, aunque resulte enriquecedora, aparta la importancia de las visiones y actitudes del momento y el pensamiento de Stoker hacia sus personajes. No quiero caer en ese recurso cercano a la falacia de que un autor es un hombre de su tiempo, con virtudes y defectos, pero puede que plasme todo esto. Recordemos que el histerismo, por ejemplo, se consideró válido durante décadas y décadas. Renunciar a la lectura de Drácula por estos asuntos sería perderse una gran obra de la literatura de terror, una que inauguró junto a Frankenstein de Mary W. Shelley un enorme baluarte de monstruos.

Y ya que hablamos de Frankenstein, si la obra de Shelley se centraba en los pecados de la creación, los crímenes de un hijo y un padre, una venganza y la búsqueda de humanidad, en Drácula tenemos desde la malicia hasta la seducción del conde, la insaciable sed de los vampiros y su prodigiosa maldad, la búsqueda de creer en Dios como salvación del pecado que es el vampiro. Los Rolling Stones ya lo dijeron, todos sentimos cierta simpatía hacia el demonio que hace que estas obras sean imperecederas. Se alimenta de temas que siguen intrigándonos, porque en Frankenstein consiste en crear vida, en Drácula vivir más allá de la muerte a riesgo de caer en el mal y someterse al pecado.

El mayor favor que un lector le puede hacer a esta obra es continuar leyéndola y descubrirla sin tener que pasar antes por reseñas mediocres que no aceptarán jamás que Stoker comenzó algo que ellos jamás superarán. En mi caso, sumo mi comentario al igual que me quitaría el sombrero ante alguien con la visión suficiente que poseyó el autor de origen irlandés. Había talento y mérito en este escritor, no era un producto de mercadotecnia más dentro de nuestra sociedad donde las editoriales viven de la moda de turno y no de la obra realmente importante. Un motivo más para consagrar a Drácula en la eternidad.

La sombra de Drácula está vigente tanto tiempo después de su primera publicación. Y seguirá, porque por mucho que Seward, Morris, los Harker, Van Helsing y Arthur partan en busca del ataúd del conde, Drácula jamás podrá morir. Es eterno. Es el Rey de los Vampiros.

El Drácula de Francis Ford Coppola, otra de las adaptaciones del clásico. Fuente.

7 comentarios:

  1. Orient (a través de RRSS)8 de noviembre de 2017, 12:00

    Una obra muy maltratada por los cineastas modernos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Creo que lo último de vampiros que he visto y me ha gustado es Penny Dreadful. Centrándome en el bueno de Drácula, tengo mucha fe en que Moffat y Gatiss hagan algo tan interesante como las primeras temporadas de Sherlock. https://www.theguardian.com/media/2017/jun/20/sherlocks-mark-gatiss-steven-moffat-write-dracula-tv-show-bbc

      Eliminar
    2. Orient (a través de RRSS)8 de noviembre de 2017, 12:15

      Lo último que vi fue ese engendro protagonizado por Jonathan Rhis Meyer. El día que sepa que voy a morir la veré de nuevo para irme cargado de ira.

      Eliminar
    3. Jeje, leí críticas similares a la tuya y pasé en su día. No quiero cogerme nervios, jeje.

      Eliminar
    4. Orient (a través de RRSS)8 de noviembre de 2017, 12:26

      Lo mejor que haces.

      Eliminar
  2. Hay en Drácula algo admirable. De acuerdo en que es peligroso, queda claro en las diversas versiones. Pero hay algo que lo justifica. Como justifica a demás personaje Excepto a Van Helsing, que opino que es el verdadero villano de la historia. Un ser tan cruel que no deja que Quincey bese a Lucy, que lo impulsa clavarle una estaca para matarla definitivamente. Dudo de los argumentos. Parece una pureza, que consiste en matar a lo extraño, a lo que pueda producir atracción.
    Una idea que está muy clara en La muerta enamorada, de Théophile Gautier, publicado en 1836, anterior a Dracula. El personaje cruel no es la cortesana Clarimonde, que se muestra enamorada de Romauld, siendo cuidadosa al beber su sangre. Sino e abate Serapion, para quien toda mujer es portadora del mal. Aun no siendo una vampira.

    Las novias de Drácula son fascinantes. Siendo una personificada por Mónica Bellucci, en esa memorable película. Y apareciendo en un capítulo de Buffy la cazavampiros. En el mentor de Buffy se muestra más sensato que Van Helsing. La única forma que podría matarlas, lo dice otro personajes, es a besos. Muy sensato.

    Es interesante el estilo epistolar de la novela.
    Mencionó una aparición en un capítulo de The real ghosbusters, en el vampiro no es el villano, es el cazador.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Drácula es una novela tan excelente que está abierta a las diversas perspectivas y creo que la tuya, Demiurgo, es comparable con la de Guillermo del Toro en Blade 2. Él le dijo al protagonista que no entendía su rol de cazador, que él entendía más a los monstruos. No es un mal punto de vista.

      Gracias por recordarme otras obras clásicas que espero rescatar algún día por aquí.

      En cuanto a los filmes clásicos, espero también recogerlos por aquí algún día.

      Sobre Buffy... Ay, cómo se la echa de menos.

      ¡Muchísimas gracias por tu comentario! ¡Saludos!

      Eliminar

¡Muchas gracias por tu comentario!

Los textos pertenecen a Carlos J. Eguren salvo cita expresa de los autores (frases de libros, comentarios de artistas...), siempre identificados en el post. El diseño de la imagen de portada pertenecen a Elsbeth Silsby.

Si deseas compartir un texto, ponte en contacto con nosotros para hablarlo. Si quieres citar un fragmento, incluye la autoría.

El propietario de este blog no se hace responsable de los comentarios o los contenidos alojados por terceros.

Plantilla: Impreza Blogger Template.

Cabecera realizada con vectores de Freepik.

Muchas gracias.

Con la tecnología de Blogger.