V
Donde nos morimos…
Tal vez de risa
“Una vez me contaron un chiste…”
Rememoraba entre risas de monos las últimas palabras de su padre. Preso de una vorágine donde el pasado, lo que ocurrió, y lo que nunca pasó se mezclaban. El viejo profesor Groroksnik no sabía el tiempo en el que vivía, sólo escuchaba palabras sin sentido: “Para”. “Gracia”. “Ser”. “Hizo”. “Sincero”. “Me”. “No”. “Así”. “Creo”. “Aún”. Que. “`Pero”. “Fuera”. “Periódico”. “Un”. “Un”. “Chiste”. “En”. “Para”. “Leí”. “Ser”. “Lo”. “Sincero”. “Que”. “Creo…”.
Acertijos desmarañados como la dentadura de un muerto, ojos vacíos como órbitas que revientan en torno a un sueño… Sólo acertijos.
Durante aquellos negros meses en los que la desidia y la enfermedad abusaron y aniquilaron su mente como el repiqueo de los martillos de la industria que desangraban la ciudad, el señor Groroksnik perdió muchas veces la conciencia… Si es que alguna vez poseyó alguna que dejar en los abismos de la perdida.
Se veía pequeño… En un rincón… Dentro de una jaula… Llorando… ¿Lloran los bebés en el interior de la jaula que es su madre? ¿Lloran cuando son libres porque han perdido su jaula? ¿Lloran simplemente por el golpe? Él estaba fuera, pero en su jaula. Más allá de los barrotes, la gente. Ellos no le intentaban ayudar… Le tiraban plátanos… Cacahuetes… Piedras… Era el blanco de las burlas y golpes… ¿Cómo él no se dio cuenta antes?
Empezó a girar sobre sí mismo. A lamentarse por su destino. Acabó arrancándose los pelos de la cabeza y del cuerpo, como una ola de dolor que apartase el sufrimiento que tenía allí… Perder la razón… Era un objetivo a conseguir hasta que se dio cuenta de que aquello de la celda era un mono en una jaula de un zoológico y que no… No era él… No…
“El chiste tiene un poco de humor negro. Nunca se sabe del todo lo que va a pasar. Sólo son acertijos enterrados que cobran sentido al final… Como los mejores acertijos. Eso cualquiera lo sabe. Incluso el que forjó y escuchó el chiste por primera vez”.
En las novelas folletinescas empezó a surgir la figura del “científico loco”. Una evolución del hombre cegado por el toque de Dios. Un monstruo viejo con un nombre nuevo. Sea como sea, el que inspiró la nueva leyenda fue la historia de aquel hombre perdido en la selva, que regresó para comer almas y se envenenó con una. Un chiste trágico. Dicen que lo escribió Stevenson ¿o era…? La Historia guarda silencio.
El señor Benedict Groroksnik era historia, historia de la que no merece ni una estatua. Nunca hizo nada tan grande… Aunque la idea de la tercera línea de flúor en aquella cosa llamada pasta de dientes, una línea capaz de envenenar la mente de miles de personas, había tenido mucho calado en la comunidad científica… Pero ¿qué más da? Él había sido arrastrado por la marea incesante del olvido y el letargo de los que caen arroyados por la locura.
¿Y cómo había caído tanto aquel sabio erudito? ¿Cuándo perdió la razón? ¿Fue antes o después de marcharse? ¿Fue antes o después de regresar? ¿Quién tiene más hambre de cordura: la selva oscura o la ciudad negra? ¿Quién? Porque al fin y al cabo, nosotros sólo somos los despojos, las sobras de las que se alimenta el mundo, los gusanos, la tierra.
Diez años perdidos y millones en investigaciones, pasto de la nada. Tiempo y dinero para saber el por qué de las risas, el por qué de los monos que se reían. El por qué… ¿Por qué seguían riéndose?
“El chiste, sí… Iba sobre dos enterradores: el viejo maestro, todo un canalla, y el joven aprendiz, muy bueno… Sí, el chiste, muy bueno…”
Arrancarse un dedo de cuajo es algo imposible de imaginar. El señor Groroksnik fue más realista. Se partió el dedo y con los propios huesos, reducidos a cuchillas guardadas dentro de la carne, se cortó desde dentro aquella nueva pluma.
Con la sangre que brotó de la herida, que no tardó en infectarse por las moscas verdes, empezó a escribir en el suelo y en la tierra, dentro de la jaula donde había decidido vivir… Porque le recordaba a su infancia, prisionero de sí mismo… ¿Era a acaso un mono? No, pero… Escribía, eso era lo importante, hasta que no quedó sangre ni pus como tinta. Entonces, se comió su propio dedo… Estaba salado y tenía un efluvio, un sabor, a carne podrida. Lo que era.
“¿Podía mentir un animal? Pregunta uno: sin resolver.
¿Podía reírse un animal? Pregunta dos: sin resolver.
¿Podía burlarse un animal? Pregunta tres: sin resolver”.
“Habían exhumado un cadáver. El hijo del muerto había ganado fortuna y decidió darle un buen mausoleo. Debía ser un trabajo fácil, el aprendiz así pensaba para bien, el maestro así razonaba para su aburrimiento… Hasta que el mentor decidió bromear, pero antes… Los enterradores sacaron al hombre de su caja hinchada por los gases de la muerte…”
Las preguntas ahogaban la mente y el alma del achacoso lunático. En medio, surgían palabras que no sabía qué significaban. También había carcajadas de monos… Esas nunca cesaban… Esas le llevaban a su pasado.
Recordó que de niño aprendió que si se comía las uñas podía tener un alimento para un día. Le gustaban especialmente las de su madre muerta, la mujer con la que compartía la jaula… Sabían a almizcle y savia… Más bien a roña y putrefacción, pero cada uno elige sus propias respuestas para sus problemas.
Su padre… Hacía tanto tiempo. Era un buen hombre a cargo de un circo y después de un zoológico. Buen hombre y, además, de vez en cuando, un psicópata: cuando el pobre niño no recogía bien o simplemente cuando su padre no se divertía, cogía a su hijo y lo encerraba en una vieja jaula. La misma, sí… La misma en la que murió su madre.
¿Él era un mono? ¿Su padre era un mono?
No, no era lógico… Pero se reía como uno hasta que Groroksnik volvió de la selva y le arrancó la cabeza de los hombros… Todo tenía algo más sentido, pero… No entendía la broma. Estaba fuera… Fuera de su capacidad de comprensión.
“El enterrador viejo le ordenaba a su aprendiz que abriese la caja y le quitase cualquier pertenencia útil… “Son malos tiempos y necesitamos todo lo que los muertos puedan darnos para ser prósperos. Hay una maldición llamada Maldición Ignota: es el hombre que aunque sea mal visto, devora la parte que aprecia de su enemigo y así se hace más fuerte y no le importa que le miren mal”, dijo el sabio de la necrópolis. El pupilo obedeció.”
El zoológico era un lugar bastante tétrico: vallas torcidas, eterna niebla, muros grises, cipreses de un cementerio, el aroma pestilente de la muerte, esqueletos que desprendían muerte… Y el sonido de los animales muertos.
Los aullidos de los simios imitando a los perros vagabundos le desconcertaban. ¿Cómo diantres se les podía escuchar tan bien si estaban muertos?
Cuando el dolor se hizo tan profundo en su cabeza que amenazaba con estallarle, cuando la fiebre y la locura habían devorado cada gota de su sangre y sus huesos eran polvo… Fue entonces cuando empezó a entender el motivo.
En la negrura de la jaula moría frente al cadáver de su padre, como moría cuando era un niño que escapó hasta una universidad donde le enseñaron sobre los simios, pero nunca respondieron a la pregunta_
¿Por qué eran tan felices los simios, tanto que no podían dejar de reír?
“El pupilo tuvo que hacer caso al maestro, pero cuando abrió la caja, sólo vio los restos de la muerte, las sobras que los gusanos no querían ni para ellos, y se asustó, se asustó mucho…”
El doctor Groroksnik no lo entendió hasta que se notó viejo, estúpido, asqueroso, decrépito y sintió que su corazón dejó de latir. Si él se había comido el corazón de su madre era para que el suyo fuera más fuerte… Pero es que su entendimiento no llegó a la idea primordial de su desdicha: el corazón de ella estaba roto… Por eso su padre se comió la mejor parte: la boca (la sonrisa de su madre era preciosa).
Las respuestas necesitaron de él toda su vida.
¿Podía mentir un animal?
El chimpancé sonreía por quedar bien con él. Era algo mentiroso…
Pregunta uno: resuelta.
“El maestro se rió sin censar. “¿No te das cuenta, muchacho?”, la muerte nos quita todo lo que nos pueda ser útil… Todo”. Pero el aprendiz no entendió el chiste…”.
Su padre era un borracho que traficaba con animales salvajes que mostraba a una ciudad ávida de espectáculos. Él mató a su madre encerrándola en una jaula hasta matarla de hambre y él, un crío, sólo obedeció a su papá. ¿Qué mal puede pretender un padre a su fiel criatura, sangre de su sangre? Su padre no dejó de reírse cuando lo metió a él en la jaula. Se rió tanto que no cerró bien el fechillo… Pero…
Se reía tanto que parecía gracioso.
¿Podía reírse un animal?
El chimpancé no paraba de reírse cuando el corazón del doctor Groroksnik explotó. Les debe hacer gracia algo.
Pregunta dos: resuelta.
“No le han quitado la sonrisa a este hombre, mi buen señor”, dijo el pupilo al mentor. El profesor siguió riéndose, mientras decía: “¿sabes por qué, jovenzuelo?”
El mono fantasma que deambulaba el zoológico, el que siempre se había estado riendo, se acercó lentamente…
Sin dejar de reírse, frente a frente, los ojos iluminando y reflejando al otro. ¿Quién ancestro y quién descendiente?
¿Podía burlarse un animal?
El chimpancé cogió una bengala, el doctor pensó que se lo iba a acercar para pedir ayuda… Pero ¿cómo se puede pedir socorro con un simple plátano? El simio se marchó con una risa.
Pregunta tres: resuelta.
“Y el enterrador, creyéndose muy gracioso, respondió: “No le quitaron la sonrisa, porque… ¡Se murió de la risa! ¡Muerto! ¡De risa! ¿Lo entiendes?”, dijo esperanzado. Quizás su broma no era tan graciosa”.
Las palabras se agolpaban en su boca cerrada, pero en su mente eran más fuertes… Había un último acertijo al que dar respuesta.
“Para”. “Gracia”. “Ser”. “Hizo”. “Sincero”. “Me”. “No”. “Así”. “Creo”. “Aún”. Que. “`Pero”. “Fuera”. “Periódico”. “Un”. “Un”. “Chiste”. “En”. “Para”. “Leí”. “Ser”. “Lo”. “Sincero”. “Que”. “Creo…”.
No comprendía aquellas palabras hasta que olvidó algunas y empezó a dar orden en el caos, bajo las risas de aquellos monos, ¿eran risas o gritos mientras su padre los sacrificaba para devorar sus carcajadas y ser feliz? ¿Qué era?
Entonces, descubrió la frase.
El doctor Groroksnik no entendió el chiste hasta el último segundo.
“Lo entiendo”, masculló el muchacho , y mientras su jefe le cerraba la boca al muerto con una nueva mortaja, el joven cogió la pala y le reventó los sesos. Luego, robó los anillos y el dinero del cadáver de su maestro y enterró al viejo con el cuerpo. Después se marchó y empezó una nueva vida. Se iba riendo… Muriéndose de risa. A veces, la muerte tiene algo útil para el vivo. A veces”.
Su mente coloreó con sangre algunas de las palabras del acertijo. Las rojas se podían leer perfectamente. Las negras habían de leerse del final al principio. Había un “creo” que era rojo y negro.
Palabras que yacieron largo tiempo desordenadas, igual que su mente cuando recibía los golpes de su padre, el rey de aquella sociedad de monstruos… La sangre que bañó sus ojos bañó sus letras. No había otro camino… Sólo reírse.
Había perdido su vida obsesionándose con una cosa.
No le encontró la gracia, pero aún así se rió con la misma risa que un simio muerto, que su pasado que su letargo. Nunca, nunca más reiría así que gastó las carcajadas que le quedaban. Nunca más lloraría en la jaula. Nunca más. Las palabras de su padre cuando le metieron en la jaula del mono fueron un chiste. Nunca podría dejar de reírse con ellas. Nunca, nunca, nunca…
“Para”. “Gracia”. “Ser”. “Hizo”. “Sincero”. “Me”. “No”. “Así”. “Creo”. “Aún”. “Que”. “Pero”. “Fuera”. “Periódico”. “Un”. “Un”. “Chiste”. “En”. “Para”. “Leí”. “Ser”. “Lo”. “Sincero”. “Que”. “Creo…”.
“Para ser sincero, no creo que fuera un chiste. Para ser sincero… Creo… que lo leí en un periódico, pero aún así, me hizo gracia”.
“La risa no es más que la gloria que
nace de nuestra superioridad”
THOMAS HOBBES
“FINIS”





















