1 de junio de 2011

Relato: Adiós, amiga... (O cómo supe que los días de perro vagabundo se habían terminado)

 [Este relato fue originalmente publicado para “Cuentos solidarios 2011”. Ahora, podréis leer una versión corregida y con algunos cambios, pero la esencia es la misma. En esta entrada, os hablé de este cuento que hice en su día. Espero que os guste. Muchas gracias por estar ahí].
Adiós, amiga…
(O cómo supe que los días de perro vagabundo se habían terminado).
¿Es malo tener una vida de perro? Jugar, comer, dormir, ladrar…Para los perros es una vida mejor que cualquier otra, aunque sean vagabundos. Siempre y cuando se aleje de la crueldad.
Las calles de Moscú eran frías y difíciles; siempre lo han sido. En los ´50, lo eran para las personas, mucho más aún para los perros callejeros. Los animales, cuyo dueño era nadie, vagaban por un lugar devorado no sólo por el aire gélido, sino también por los miedos. Acorde con el invierno, aquellas sospechas era lo que llamaban Guerra Fría, una lucha nunca declarada que amenazaba con destruirlo todo. Pero eso era algo que a los perros no les importaba, porque no lo entendían. Sin embargo, estaban condenados a participar en ella, porque como dijo un sabio cuyo nombre el tiempo ha perdido: “Cuando la humanidad no puede ser peor bestia consigo, lo es con los animales”.
Este cuento comienza en esos grandes y serpenteantes callejones de Moscú, temblorosa ante un posible fin, donde tres pequeños perros no buscaban ya comida, pese a estar hambrientos, sino simplemente un refugio. Ninguno de ellos miraba al cielo; las estrellas no daban calor desde tan lejos. No podían imaginarse que su destino chocase con ellas. Sus ojos sólo intentaban encontrar un lugar para escapar de la terrible tormenta de nieve.
No lo encontraron. No había humanos a los que intentar convencer para que los ayudasen. Por no haber, no había ni siquiera de aquellos que les daban una patada. No había nadie, porque no era sensato estar en las calles con ese tiempo si posees un sitio donde protegerte. Aquellos perros no lo tenían.
Los tres, sin poder ni dar un paso más, se detuvieron, se enroscaron y se colocaron juntos, intentando mantener la vida, queriendo que sus corazones latieran y su sangre no se helase… Pero, con aquel frío abrazo, sólo era cuestión de tiempo que murieran.
Pero, a veces, en raras ocasiones, ocurren hechos inesperados como el que pasó entonces.
Un coche apareció y se detuvo. En su interior, había dos hombres. Llevaban grandes abrigos y bufandas. Exhalaban vaho. Sus miradas firmes se habían detenido en los tres perros, tristes y helados. ¿Se apiadarían los humanos de los perros?
— ¡Siguen vivos, señor Oleg!– exclamó el copiloto–. ¡Deben ser fuertes! Pueden servirnos.
En las gafas de Oleg, el conductor, se reflejaron a los animales. El hombre mayor hizo un gesto con sus manos envueltas en guantes y dijo:
—Ve a por ellos, Dimitri.
El muchacho obedeció la orden: uno por uno metió a los animales en el coche. Los perros se quejaron al ser separados durante unos momentos, pero Dimitri les recitaba:
—Perros, alegraos. ¡Vais a ser reclutados para servir a la madre patria!
Uno de los perros dio un pequeño aullido por la brusquedad con la que fue cogido por Dimitri. El muchacho pensaba que ser un hombre duro significaba no mostrar demasiada cortesía, pero rápidamente, el señor Oleg se lo desmintió, diciéndole:
—No hay por qué no ser delicados con ellos, Dimitri. Ten más cuidado.
— ¡Sí, señor Oleg! ¡Perdón!– exclamó, dejando al último perro en el asiento de atrás del vehículo. A continuación, acarició uno por uno a los tres y los cubrió con una manta.
—Sube ya, Dimitri, o se van a congelar ellos y nosotros.
De tal manera, los tres perros callejeros pasaron de la noche a la mañana a tener una casa. Aunque era un hogar un poco diferente: estaba alejado de la ciudad, no muy grande, subterráneo y de aspecto metálico, plagado de artilugios extraños, muchas pantallas y mapas, infinitas páginas en blanco…
Daba igual, lo más importante para los canes es que no hacía ni mucho frío ni calor. Tenían espacio donde jugar y un buen cuenco de comida.
De vez en cuando, Dimitri se pasaba las horas con los tres, lanzándoles un lápiz, hasta que Oleg los encontraba y su severidad los hacía detenerse. Era un hombre serio, que siempre estaba preparando complejos mecanismos y decía:
—Dimitri, vas a volverlos tontos de estar jugado con ellos todo el rato.
—Eh… ¿Es eso cierto, biológicamente hablando? ¿Si juegas con ellos todo el rato se vuelven tontos?
—No.
—Ah.
—Biológicamente hablando, no. Pero hay, no obstante, un dicho que dice: “Dime con quién andas y te diré quién eres”.
— ¿Me acaba de llamar tonto?
—Dimitri, tráeme esos telegramas, por favor. Haz algo útil.
Los perros siguieron corriendo uno tras otro hasta cansarse.
Los juegos eran desconcertantes: tenían que danzar por una larga pasarela, les ponían cachivaches cerca del corazón o los hacían permanecer en sitios donde apenas podían moverse. No eran juegos muy divertidos.
—Señor Oleg, ¿nunca ha considerado que todo esto sea una perrería?
—En la guerra hay sacrificios… Hasta en las guerras no declaradas.
—Oh…– musitó Dimitri, mirando a los perros–. Señor, ¿cree que lo saben?
—Ellos piensan que es un juego. Simplemente eso. Para ellos lo es. Para nosotros no puede serlo– y su mirada se perdió en unas fotos del firmamento.
Ninguno de los tres perros sabía por qué Oleg estaba obsesionado con las estrellas. No lo supieron hasta que fue demasiado tarde, aunque posiblemente, ni aún así, lo supieron.
—Es una carrera que debemos ganar– susurraba Oleg, triste.
Mientras, alejados de la congoja del científico, los animales no podían hacer otra cosa que ladrar y “golpearse” para pasarlo bien. Excepto uno de ellos, la hembra que se acercaba a Oleg para consolarlo. Ella se había ganado el cariño de una base que le dio varios nombres, pero ninguno el que pasaría a ser una estrella mundial.
—Kudryavka, ¿cómo estás?– le decía Dimitri, mientras le separaba los bucles de pelo de la cabeza.
También estaban los otros científicos que, de vez en cuando, abandonaban los fríos números, miraban a los perros y se acercaban:
— Tomad… Tú no pongas esa mirada. Toma una galletita, Zhuchka.
Significaba: “bichito”. La verdad es que no era un perro hermoso, de alto pedigrí, y había tenido muchas batallas en la calle, pero sí era enternecedor.
— Limonchik, ven aquí, pequeña– pedía Oleg, cuando estaba bien, cosa que no ocurría con frecuencia.
Aquel nombre era algo parecido a “limoncito”. Se lo decían por su pelaje, entre el dorado sucio y el castaño brillante.
Todos la querían.
Hasta el gobierno.
Mientras, los tres perros seguían con su nueva vida, ajenos a lo que iba a ocurrirles poco tiempo después. Pronto, no quedaría lugar para los primeros días de felicidad. Empezaron a disiparse cuando Oleg recibió una importante llamada:
— ¡A sus órdenes, camarada!– exclamó Oleg por el teléfono–. Lo que usted ordene… Pero… ¿En el aniversario? ¿No cree que es un poco arriesgado?... ¿El 7 de noviembre? Sé que celebramos el aniversario de la revolución, pero… Pero… Señor… Pero… Sólo un mes desde que pusimos el primer satélite… Pero… Fue un éxito, sí… ¿No el suficiente? Vaya… Sí, la carrera espacial, sí… Claro. Lo que usted diga… ¿Tripulada?... Eh… Sí, claro.  Sí. Gracias. Buen día.
Noviembre de 1957 estaba acercándose.
— Señor Oleg, ¿no cree que es imposible?– preguntó Dimitri, con los planos.
—Intentemos hacer lo que podamos con lo que tenemos, Dimitri.
—Pero señor…
— ¡Son las órdenes!– exclamó Oleg. De pronto, perdió la calma. Se llevó las manos al rostro e intentó respirar. Una vez lo hizo, se quitó las gafas, cerró los ojos y pasó una de sus manos por ellos. Cuando terminó, se colocó de nuevo las lentes y dijo, recuperando su usual solemnidad–: Son las órdenes, camarada.
Los tres perros no comprendían nada de eso. Menos aún que ellos estuvieran involucrados en aquellas discusiones. No obstante, las diversiones continuaron para ellos. Lo que pasaba es que ahora, más que nunca, no eran diversiones: estar encerrados cada vez más tiempo en lugares más pequeños, en cajas que se movían perturbando sus mentes, escuchando ruidos que les hacía sollozar… No era divertido. Luego, llegó el terrible artilugio en el que los atrapaban, el que giraba sin parar, una y otra vez, haciendo que su piel y su pelaje se estirasen. Una horrible carga que su cuerpo inmóvil a penas aguantaba.  
Así, hasta que algo se rompía en su mente y, de pronto, ya no pensaban en nada, absolutamente en nada. Simplemente seguían respirando, pero ya, nunca más, volvían a ser los mismos.
Perdieron peso y pelaje, sus patas a penas los mantenían, pero su mirada… Sí, sus ojos. Estaban colmados de brillantez, esperanza, para que su dueño comprendiese que aquello no era gracioso y volviesen a jugar a tirar y recoger un lápiz. No obstante, esta vez el que no entendió nada (o eso parecía) fue el señor Oleg.
—Es por vuestro bien…– les murmuraba, acariciándolos–. Es por nuestro bien…
Y ellos se lo creyeron, sin entenderlo. Fue poco antes de que los tres empezasen a desvanecerse. Uno tras uno.
El primero fue Albina.
Nunca se recuperó de lo que le hicieron. Dejó de comer y no volvió a corretear detrás de sus amigos. Murió antes de finales de aquel año. Sus ojos se quedaron abiertos, ahogados en el horror.
Después, fue Mushka.
Cuando acabaron las pruebas, el perro se tendía a un lado y no hacía absolutamente nada. Sólo esperaba una mano que la acariciase. La de la muerte.
El perro que quedaba, la hembra, no sabía qué podía haberles pasado a Albina y Mushka. La pena de ambos fue contagiándosele poco a poco. ¿Por qué perdieron la esperanza de volver a ser lo que fueron un día? Antes de tener una respuesta, fue elegida, porque mantuvo la calma más que los otros. Nadie entendió que ella creía que si se portaba bien, aquello terminaría. Iba a concluir de todas maneras.
— ¿Cree, señor Oleg, que servirá para lo que nos proponemos?
—Diseñar un sistema de oxígeno adecuado, extirpar el dióxido de carbono, evitar el envenenamiento por…
— ¿Lo cree, señor?– insistió Dimitri.
—Lo cree la madre patria, Dimitri. Ante eso, no tenemos nada que decir.
La perra pensó que hacía falta comunicárselo con más fuerza: aquello no le gustaba, era doloroso, la estaba matando.
Lo demostró mientras la bañaban con un líquido apestoso. Aulló hasta que se ahogó y empezó a toser.
Lo dejó claro al mismo tiempo en que le pintaban en su pelaje. Los temblores hacían que se cayese.
Pero, sobre todo, ella se lamentó a más no poder cuando se la llevaron de la base. Supo, de pronto, que no volvería, que era una despedida.
El último día de octubre, al último perro la metieron en un cubículo.
La perra conoció a dos guardianes, uno siempre la acariciaba y sonreía, el otro golpeaba al otro tipo para que no lo hiciera.
—Idiota, ¿no ves que le vas a coger cariño?
—Lo siento, camarada.
Y entonces, el animal lloraba, ladraba y aullaba hasta la desesperación, mientras el mundo se le caía y se le hacía pedazos.
Nadie le hizo caso.
No dejó de intentarlo.
Esperaba, en algún momento, conseguir que el guardián que golpeaba al otro dejase de amenazarla a ella con lo mismo:
— ¡Como sigas armando escándalo, te mando de una patada a la luna!
La amenaza no servía, porque era casi un hecho.
La perra sería lanzada al firmamento en un artefacto. Encerrada, junto a frías teclas, con arneses y comida asquerosa. Ya había sido probado antes por dos perros.
Uno, fue Albina. Golpeado cuando mordió al ser metido dentro de un cohete, que fue disparado hacia el cielo. El pobre regresó, pero tan aterrorizado… Fallaron algunas cosas. Hubo que repetirlo. Dos veces. Los científicos contrastaban información, salían de dudas, machacaban una mente.
El otro, fue Mushka. No lo lanzaron a los cielos como a Albina. A él le hicieron pruebas horribles. Lo dejaban encerrado todo el día en un círculo de hierros, delante de botones, de los que no podía despegarse. No le daban de comer nada sólido, sólo una espesa gelatina que acababa vomitando. Cada momento allí fue un horror para Mushka.
El día antes de aquellas pruebas terroríficas Oleg, que antaño les pareciera generoso y bueno, los acarició y dijo a cada uno:
—Vas a ayudar mucho. Vas a ser nuestra estrella. Vas a ser parte de nuestra Historia.
Ahora era el turno de Laika, el último perro vagabundo.
Oleg nunca supo si se lo decía realmente al animal que salvaron de la ventisca o si se lo decía a sí mismo, para acallar su conciencia.
Días después, Laika fue encerrada en el artefacto preparado a contrarreloj. El can vio a Oleg y Dimitri, rodeado de personas con batas blancas y trajes verdes. El perro los miró con tristeza, la mayor posible, pero ellos no la vieron y, si la vieron, la ignoraron. Supo por qué Albina y Mushka perdieron la fe: no la había, nunca la hubo. Nada volvería a ser como era antes. ¿No hubiera sido mejor morir bajo la tormenta invernal? Quizás…
Entonces, cuando unas luces la cegaban, dejando su imagen grabada para siempre en fotografías, comenzó todo. No sería lo único que la Historia pediría de ella, también exigiría hasta la última gota de su sangre y el último segundo de su vida.
—Hay una meta a la que llegar, Dimitri.
—Valdrá la pena, señor Oleg.
—Eso espero, Dimitri.
La nave, llamada Sputnik 2, estaba a punto de irse con el animal dentro.
—Es hora de que zarpe, jefe.
—Dimitri, da la orden ya, da la orden…
Y estuvo a punto de añadir: “Antes de que me arrepienta”. Pero ¿qué ganaría? ¿Ser acusado de traición? Maldijo a los estadounidenses, quienes habían enviado otros animales al espacio antes que ellos. Por eso, Moscú tenía que estar haciendo aquellos sacrificios.
La perra, plagada de cables y cachivaches, agachó la cabeza, sus ojos se clavaron en la nada. Fue su manera de decir “adiós”.
Momentos después, tras el estruendo y el caos, desapareció.
La nave se fue de la Tierra a principios de noviembre de 1957. Estaría en el espacio para ver el aniversario de una revolución. Un paso más para vencer una guerra, porque, en esos instantes, parecía que los beneficios podían superar cualquiera de los perjuicios.
El despegue fue un éxito.
Todos lo celebraron, excepto el científico que entrenó a Laika, el hombre de las gafas que la vio en aquellas callejuelas moscovitas. Oleg estaba fuera, lejos de los festejos. Su ayudante, Dimitri, lo siguió sonriente, lo miró y le dijo:
— ¿Qué ocurre? Ahora es un perro, ¡lo próximo podría ser un humano! ¡Hemos llegado a la meta!
—Aún no.
—Pero jefe, ¿qué pasa? ¡Es el primer ser vivo enviado al espacio!
—Dimitri, estaba pensando si realmente aprenderemos algo más de esto.
—Eran las órdenes, celebrar el aniversario de…
—Lo sé, Dimitri. Pero ¿aprenderemos algo más de lo que hay ahí fuera o sólo hemos aprendido algo sobre lo que hay realmente dentro de nosotros?
El ayudante tomó un sorbo de champán y se quedó mirando al cielo. Entonces, él preguntó algo que rondaba desde hacía tiempo su mente:
— ¿Y cómo volverá?
No hubo respuesta.
Oleg se marchó.
Dimitri se quedó solo, con las estrellas. Cuando lo entendió todo, sus ojos se rayaron y murmuró:
—Adiós, Laika.
Laika significa en ruso algo similar a: “que ladra”.
Laika realmente se marchó aullando y llorando.
Algunos en la Tierra dijeron que Laika fue una heroína, que se mantuvo con calma y que, siguiendo el entrenamiento, regresaría del vuelo espacial y caería en la Tierra con la cápsula, liberándose en un paracaídas. Eran los mismos que decían que comería y que estaría estable.
Otros fardaban diciendo que se habían encontrado un perro con paracaídas. Sólo una perra vagabunda fue enviada al espacio, pero rápidamente habían aparecido cientos de perros con trozos de tela que simulaban paracaídas. Era una broma sin gracia.
Los bohemios pensaban que Laika ahora correría persiguiendo los asteroides como en vida pudo ir tras algún coche. De esa manera, volvería a ser feliz, lejos de la humanidad. Ella sería una estrella más en el firmamento.
Unos cuantos dijeron que la perra Laika sería rescatada por alienígenas, como aquellos de los seriales, y que, algún día, se vengaría. El ser humano confiaba en cualquier cosa imaginaria, antes que en su capacidad para la crueldad.
Según Moscú, Laika pasó siete días dando una vuelta interminable a la Tierra a bordo del Sputnik 2.
La verdad es que Laika no volvió. El Sputnik 2 se creó en poco tiempo, demasiado poco para pensar en regresos, sólo se pensaba en festejos y ganar la carrera espacial. La nave dio más de dos mil vueltas al planeta en algo más de ciento sesenta días hasta que se desintegró por el contacto con la atmósfera.
Laika murió en su viaje. Tal vez por la falta de oxígeno, quizás por el calentamiento de la nave, a lo mejor porque ya no quería volver. Lo único seguro es que su tumba fue aquel cachivache infernal, en medio de unas estrellas que nunca le dijeron nada.
Muchos años después, un científico llamado Dimitri dijo que Laika murió poco después del lanzamiento, apenas unas horas. Parte de los que lo oyeron pensaron que fue por el terrible estrés que sufrió el animal, sus latidos se aceleraron demasiado en un lugar que no comprendía, pero Laika ¿comprendió algún lugar? Menos, pero algunos también, pensaron lo mismo que Oleg: la comida estaba envenenada, siendo una eutanasia para que nos sufriese… Más.
Cuando Oleg ya era mayor, una vez, dijo:
—Cuanto más tiempo pasa, más lamento lo sucedido. No debimos haberlo hecho... Ni siquiera aprendimos lo suficiente de esta misión como para justificar la pérdida del animal.
Y pasó tanto tiempo como para haberse lamentado muchísimo.
Sea como sea, Laika nunca entendió por qué mirar al cielo y maravillarse con débiles luces. Prefería comer o jugar. Los humanos pensaban distinto.
Se enviaron más animales al espacio (también humanos), pero todos tenían un sistema de regreso asegurado en su búsqueda de la conquista espacial. No siempre ese sistema funcionó, pero los humanos tenían un refrán: “Lo que cuenta es la intención”.
Hoy, Laika tiene una plaza en la Tierra y un lugar de Marte con su nombre. Ha recibido muchos homenajes, pero ¿le sirven de algo?
¿Es malo tener una vida de perro? Jugar, comer, dormir, ladrar…Para los perros es una vida mejor que cualquier otra, aunque fuesen vagabundos. Siempre y cuando se aleje de la crueldad.

2 comentarios:

  1. Muy bueno. Casualmente estaba escuchando oxygene de Jean Michel Jarre, que le viene de perlas al relato.

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  2. Hola, superñoño.

    Muchas gracias por tu comentario. Me alegro de que te haya gustado el relato para la iniciativa de Cuentos Solidarios.

    En cuanto a "Oxygene" de Jean Michel Jarre no la había escuchado. La he buscado ahora y no suena mal, tiene cierto toque que creo que sí, coincide en parte con este relato. Muchas gracias por hablarme de ella.

    Hasta pronto =)

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Los textos pertenecen a Carlos J. Eguren salvo cita expresa de los autores (frases de libros, comentarios de artistas...), siempre identificados en el post. El diseño de la imagen de portada pertenecen a Elsbeth Silsby.

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