miércoles, 8 de diciembre de 2010

Relato: El corazón en un candado

El corazón en un candado

“Bueno es el dominio del amor, ya que aparta el entendimiento de sus siervos de todas las cosas viles”
DANTE ALIGHIERI
“Para siempre”.
Las dos palabras se repiten eternamente y yo vivo una y otra vez lo que ocurrió… Para siempre.
No puedo ver nada, porque llevo una venda puesta. O sea, esto podría ser algo terrible de manos de un psicópata, pero viniendo de las suyas es algo muy romántico. En serio, ¡créeme!
He encontrado al chico que no piensa sólo en eso. ¡Es un romántico! Cree que el amor no es una cosa que sirve para vender perfumes y matrimonios, sino ¡que es el sentimiento más grande que tenemos! ¡Es tan bonito!
Cuando me quita la venda negra, sólo puedo sonreír. ¡Es tan fabuloso! ¡Es maravilloso!
—Ya puedes abrir los ojos, mi vida– dice él, con su agradable voz.
Abro mis ojos, inmediatamente. Él sonríe también al verme: mi cara afilada, mis bonitos ojos grises, mi nariz perfecta, mi larga melena rubia, suspirando con la brisa, y mis labios ávidos de un beso. Todos estos años me infravaloré saliendo con chicos monos, pero idiotas. Seguramente, pensé que nunca encontraría mi equivalente en chico: guapo y listo, pero aquí estoy ante él y no puedo hacer otra cosa que sonreír.
Es perfecto y le quiero, le quiero con toda mi alma, lo amo como nunca he amado a nadie y dudo de que pueda amar, porque con él me basta por mil vidas.
Su rostro pálido se ilumina levemente con la luz menguante, porque estamos en un callejón no muy lejano de la ciudad. No me pregunto qué hacemos allí, porque me pierdo en sus profundos ojos, de un tono azul oscurísimo. Le acarició su rostro y le apartó un mechón de su pelo castaño, antes de que mis labios se unan a los suyos. Sé que en su mente sólo me aguardan dulces ideas. Siempre pensé que besé por primera vez con doce años, tras los columpios del colegio. Me equivocaba, besé por primera vez cuando le besé a él. Lo sé.
—Te quiero tanto…– digo, con un suspiro, cuando él me separa levemente de sí. El viento suspira, con el olor artificial de los ambientadores, canturrea como un coro de personas tristes.
—Lo sé, mi vida. Por eso, hemos venido aquí– dice él y, entonces, recuerdo que me ha llevado a esperar una sorpresa en un callejón.
Mis ojos miran el lugar y, de repente, se detienen en una gran valla que cerca el final del camino. Hay un fuerte olor a ambientador y parece que no es un sitio sucio, pero lo llamativo son esos barrotes de la valla.
Están llenos de pequeños trozos de oro.
Él me coge de la mano y me lleva consigo. No me detengo, le sigo. Me pregunto qué serán esas cosas de las vallas que…
Espera, ya lo veo.
Son candados.
No están colocados para cerrar la valla, o sea, no se usan para lo que cualquiera podría pensar.
Están colocados por todos los gruesos barrotes, sujetándose levemente. Algunos más nuevos, otros oxidados. Son docenas y docenas. Me parece precioso, aunque no termino de entenderlo.
Al lado de la valla, por nuestro camino, en la pared del edificio de la derecha hay una vieja puerta podrida de un cuarto que no debe haber sido abierto en tiempo. No me importa, ningún horror del mundo me importa cuando estoy con él. Absolutamente, ninguno.
Entonces, él se detiene. Me mira con sus intensos ojos azules. Los míos deben estar rayados al verlo. No puedo ser más feliz de lo que soy ahora. No puedo serlo.
Él saca algo, con su otra mano, del interior de su cazadora gris. Es algo pequeño, cabe en una de sus manos: un candado brillante, de un tono dorado único, diferente al resto, muy bonito.
Hay algo grabado en él.
—Pensé que sería un buen regalo, uno de esos regalos porque sí, ¿sabes? Soy muy feliz de estar contigo, creo que… nos lo merecíamos, mi vida.
Ese algo que tenía grabado el candado eran nuestros nombres. El suyo primero, debajo el mío. Hay algo más, un: “Para siempre”.
Dios, ¡es lo más bonito que me ha pasado nunca!
No puedo contener las lágrimas. Caen por mis mejillas, aunque él me las seca lentamente con la mano con la que agarrase la mía. Yo la estrecho y la llevo hasta mi corazón. Quiero que lo oiga latir, late por él.
Él abre el candado.
—Este candado nos representa a nosotros– dice, hermoso–. Nuestros nombres unidos para siempre, como nuestras almas. Nunca se separarán de esta valla y será nuestro secreto para siempre, mi vida.
Un secreto. Candados con el nombre de tu pareja, anclados en un lugar del que no puedes decir nada, aunque seguramente se haya extendido levemente por el boca a boca. Es una especie de… santuario del amor, de la gente que se quiere. Dios, o sea, ¡es tan hermoso!
Le beso antes de que el candado abierto decida que ambos lo estrechemos tras un barrote. Lo hacemos al unísono, escuchamos el clic. Es precioso. Él y yo, para siempre.
Después, mi amado saca una llave y la lanza detrás de los barrotes, donde hay montones de bolsa de basura, esperando ser recogidas. Es curioso que no apesten, sólo huele a ambientador.
Él me suelta suavemente y se coloca detrás de mí, pone sus manos sobre mis hombros y notó su respiración separando mi pelo. Yo, ante él, miro, con los ojos llorosos aún por el amor y la felicidad, los diferentes candados.
Nuevos, viejos… Parejas que se mantuvieron con un secreto hasta ese momento.
Decido leer los nombres de esos afortunados.
Entonces, siento un cosquilleo.
Es cuando me doy cuenta de que el nombre de él se repite una vez.
Y otra.
Y otra y otra y otra y otra…
Todos los candados.
Sólo cambia el nombre de ella.
Me doy cuenta, más rápido de lo que querría, de que no puede ser una casualidad.
Una inquietud empieza a devorar mi alma y no llego a girarme, porque para entonces, las manos de él ya estrechan mi cuello.
Luego, sé que me usa como un trozo de papel que desea rayar: me despoja de todo y, a penas, puedo resistir lo que me hace. Una voz, que remotamente sonaba como la suya, me decía que me mataría si gritaba. Queda en ella un resquicio de amor, aunque sé que no es un juego demasiado salvaje… Es algo peor.
Una parte de mí me hace confiar… Hará cosas horribles, pero me dejará vivir. Otra parte de mí dice que es mentira. Odio que esa parte, la última, fuese la que tuviese razón.
Después, sé que lloro amargamente.
Más tarde, me asfixia.
Antes de morir, me corta el cuello.
Pero ya yo… No soy yo.
La oscuridad lo inunda todo. Él me lleva al interior de la puerta destrozada del edificio de la derecha, un sitio abandonado.
Me descuartiza, me convierte en pedazos, y me arroja en una bolsa de basura tras la valla con los candados.
Hay muchas bolsas, una por candado, todas las amantes muertas acabadas en bolsas de basura.
Huele a ambientador.
Se marcha con la misma sonrisa que arrebató mi corazón.
Él es realmente feliz.
No seré la última.
Por muchas ciudades se extienden los corazones encadenados y, tal vez, él ya haya decidido ponerse otro nombre para seguir su juego, ¿era, a caso, éste el suyo? No lo sé. No sabía tantas cosas…
Todos mis sueños… hechos trizas.
Deja detrás de la valla donde nos encierra, un corazón encadenado con mi nombre y el suyo para siempre.
También deja atrás mi corazón y el sentimiento de que voy a llorar para siempre.
No estoy sola en ese llanto.
Eternamente.
“Para siempre”.

“El amor es la compensación de la muerte”-
ARTHUR SCHOPENHAUER

“OK? (yes sir)
Look at me,
Who am I supposed to be?
Who am I supposed to be?
Look at me,
What am I supposed to be?
What am I supposed to be?
Look at me,
Oh my love, oh my love.
Here I am,
What am I supposed to do?
What am I supposed to do?
Here I am,
What can I do for you?
What can I do for you?
Here I am,
Oh my love, oh my love.
Look at me, oh please look at me, my love,
Here I am - Oh my love.
Who am I?
Nobody knows but me,
Nobody knows but me,
Who am I?
Nobody else can see,
Just you and me,
Who are we?
Oh my love, oh my love.
Oh my love...”

Traducción:

¿De acuerdo? (Sí, señor).
Mírame,
¿Quién se supone que debo ser?
¿Quién se supone que debo ser?
Mírame,
¿Qué se supone que debo ser?
¿Qué se supone que debo ser?
Mírame,
Oh mi amor, oh mi amor.
Aquí estoy,
¿Qué debo hacer?
¿Qué debo hacer?
Aquí estoy,
¿qué puedo hacer por usted?
¿Qué puedo hacer por usted?
Aquí estoy,
Oh mi amor, oh mi amor.
Mírame, oh por favor, mírame, mi amor,
Aquí estoy - ¡Oh
, mi amor!
¿Quién soy yo?
Nadie sabe más que yo,
nadie sabe más que yo.
¿Quién soy yo?
Nadie más puede ver,
sólo tú y yo.
¿Quiénes somos?
Oh mi amor, oh mi amor.
Oh mi amor..." 

LOOK AT ME, JOHN LENNON

4 comentarios:

  1. Tengo la extraña sensación de que sólo te gusta escribir sobre muertes, psicópatas y chicas tristes..es por algo en concreto?
    Con el tiempo se vuelve un poco predecible todo.

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  2. Por muchas.
    Lo siento porque se te vuelva algo predecible.
    Gracias por el comentario y tu opinión.

    ResponderEliminar
  3. Cada uno tiene su estilo. Supongo que a mi me pasa un poco lo mismo, pero lo disimulo al ocupar más páginas. De todos modos, no me gusta que la gente trate de atribuirlo a mi vida porque, aunuqe es verdad que muchas veces se acierta, otras se fracasa estrepitosamente. Un autor, además, tiene un miedo terrible a que vean sus propios miedos en la obra que crea.
    Basil se negó a exponer el cuadro de Dorian por ese mismo motivo en el retrato de Dorian Gray. Porque siempre decimos demasiado de nosotros mismos. Mucho más de lo que deseamos.
    Y aún así, podemos ir muchas veces contra nuestra naturaleza y crear personajes que no tengan nada que ver con nosotros.

    Dejando de darle vueltas a esto... perdona por no aparecer en unos días, es lo que tiene la vuelta a casa.
    ¿Qué decirte sino que me gustan este estilo de historias y que quizás por eso me veo condicionada en mi opinión?
    Pero me sigue gustando bastante, y aunque se vean las intenciones del muchacho, tampoco es que uno pretenda ocultarlo a toda costa. Y es mucho más difícil hacerlo en un relato corto. En una novela, otro gallo cantaría.

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  4. Saludos, Misery.

    Sí, cada uno tiene su estilo y considero que es de lo mejor que puede pasarnos, necesario si escribimos. Si somos todos iguales, apaga la luz y vámonos. Si puedo confesarte algo es que la gran mayoría de cosas sobre las que escribo no las he vivido (afortunadamente). No quiero personajes que sean yo ni gente conozco, eso lo hubiese querido hace tres años, pero ya no, porque no puedo violar la figura de nadie y meterlo en un relato, no puedo apropiarme de ellos. Intento hacer personajes que se parezcan a gente que conoce la gente, como hace Pratchett, simplemente eso.

    A mi respuesta de algunas cosas que me han pasado y, por tanto, tiendo a escribir sobre ciertos temas es para mí algo básico. Considero que los problemas son los que nos hacen ser de una manera u otra, al igual que circunstancias, sentimientos... Hay ciertas cosas que he vivido o ha vivido la gente a mi alrededor o hechos que veo en la televisión, en un periódico... Y me fascinan. A veces escribo de ello, porque básicamente es eso, me fascina y siento que quiero contar esa historia.

    Has dicho una gran verdad al poner el ejemplo de "El retrato de Dorian Gray".

    En cuanto a tu regreso, me alegro muchísimo de él. Ya me estaba temiendo que la gente estuviese huyendo en desbandada de este lugar. Me alegro que te guste estas cosas que suelte por aquí y sobre el suspense. Hace cierto tiempo puse una frase por aquí sobre Hitchcock en la que el suspense consistía básicamente en que el espectador supiese que iba a pasar algo malo con un personaje antes de que este lo supiese. Creo que a medida que transcurría este lugar las cosas se volvían inminentemente terribles, pero considero que mucha gente no se daría cuenta de ello a menos que como tú o como yo nos dediquemos a esta profesión de engañar.

    En definitiva, muchísimas gracias por su comentario y su opinión =)

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