jueves, 28 de julio de 2016

Cuentos de hadas y C.S. Lewis

"Algún día tendrás la edad suficiente para empezar a leer cuentos de hadas otra vez"
C.S. LEWIS.

Varias fuentes señalan que C.S. Lewis es el autor de esta cita y, de no serlo, bien podría haberlo sido debido al amor que desprende por el halo fantástico que envolvió la vida de este interesante escritor.

Hace ya más de diez años que leí El sobrino del mago y me he sentido viejo al pensar en aquellos anillos mágicos, que hacían viajar a un mundo a punto de surgir, donde la fuerza divina estaba representada en un león y el mal en una bruja pálida.

miércoles, 27 de julio de 2016

Stranger Things: no tiene por qué gustarte lo que le gusta a todo el mundo

Título de Stranger Things. // Fuente.

Es interesante: el arte puede recordarnos aquello que no hemos olvidado, pero que tampoco evocamos todos los días, porque lo damos por hecho.

Este verano, la plataforma Netflix estrenó los ocho capítulos de ese homenaje a los ’80 que es Stranger Things, un híbrido entre libro de Stephen King y películas de los ochenta de directores como Steven Spielberg, con claros referentes como It (Eso) o E.T., entre otros. La miniserie recupera la estética, la temática, la música y el espíritu de aquellos mitificados años y lo hace con acierto.

martes, 26 de julio de 2016

Soledad, ceguera, libros

árbol no copyright
La soledad y las hojas de papel. // Imagen de dominio público.

Leí hace poco una idea que se me ha quedado grabada en esa mente dispersa que suelo dejar suelta por aquí, de vez en cuando. Dicha idea es: al igual que un ciego de nacimiento no sabe que lo es hasta que alguien se lo dice (pues para él es imposible otra cosa, solo concibe la realidad del modo que le ha sido determinado y carece de otra perspectiva), una persona solitaria (que nunca ha tenido amigos) no sabe que lo es, porque jamás ha conocido algo diferente. Es algo simple, pero es uno de esos disparos a quemarropa que te tira Stephen King, como el que no quiere la cosa, mientras lees obras como Eso (It).

lunes, 25 de julio de 2016

El que no quiere escuchar, según Osha

Natalia Tena como Osha en la serie Juego de Tronos. Fuente.

“El hombre que no quiere escuchar no puede oír”
OSHA

Si todos tuviésemos en cuenta frases como esta, escrita por George R.R. Martin para Juego de Tronos, el mundo sería otro, pero, a menudo, también podemos confiarnos en algo tan simple como no querer escuchar aquello que nos duela.

El mundo puede decir que paremos y nosotros trastabillamos sin querer hacer caso, porque confiamos que nuestra esperanza sea suficiente.

Pero, al final del camino, hay sombras peores que Caminantes Blancos. Solo hace falta esperar para descubrirlo. Y, a veces, ya es demasiado tarde. ¿Quién nos escuchará entonces?

domingo, 24 de julio de 2016

Crítica de The Hunger: la tragedia del vampiro

Póster ilustrado del film The HungerFuente.
"Siempre"- John.

«Si algo he aprendido con los años es a no fiarme de las personas, pero como los críticos de cine no son personas, siempre les dejo un margen de duda por cortesía». Eso lo dijo una vez un ingenuo (yo, ahora) y es aplicable a la hora de hablar de la película que toca esta semana: The Hunger (El Ansia) del director Tony Scott.

sábado, 23 de julio de 2016

Si este fuera mi último post...

¿Por qué me gusta escribir a día de hoy? // Imagen de dominio público.

Si este fuera mi último post, no querría que fuera sobre llantos ni quejas, sino aquello que ha hecho que mi corazón latiese hasta este momento.

Lo que pretendo con este post es sencillo. No quiero centrarme en las cosas malas sobre el mundo de la literatura ni quiero parlotear sobre consejos. Hoy, no puedo. Solo quiero que sea un recordatorio y, si esto fuera lo último que escribiese en el blog, estaría orgulloso de que, al menos, hubiera sido un post sobre las cuestiones que me gustan, sobre lo que adoro de escribir, sobre lo que amo de seguir tejiendo historias.

Desde los nueve años he escrito cuentos, microrrelatos, guiones de cómics y películas, novelas… Siempre he disfrutado con las palabras, porque son una vía de escape, un consuelo para encontrarme conmigo mismo y siempre he intentado hacerlo del modo más oportuno que creí. Si os digo: «bosque», «escarcha» o «tumba», vuestra mente os transportará a esas visiones, a esos recuerdos, a esas partes de vuestra vida que laten con la literatura. Y es algo asombroso para mí.

Crecí en un barrio pequeño de una isla y, a menudo, localicé caminos distintos a través de los libros, como si fueran mapas y cosmogonías (a la vez) de universos en eclosión. En su fantasía, en sus sueños, en su magia, vi un modo de encontrar otras cuestiones en las que deseaba embarcarme a través de las palabras. Leer fue mi escapatoria, pero también un lugar al que ir, un refugio, cuando todo se tambaleaba o no. Una biblioteca, propia o ajena, bien puede ser mi refugio, mi paraíso.

Cuando terminé la escuela, esperé mi carta de Hogwarts. Cuando volvía del instituto, deseaba que un día alguien me sacase de la Comarca. Cuando crecía, esperaba hallar ojos de vampiros a mi alrededor. Ahora, sigo buscando ese sentido de lo fantástico que me contagiaron los libros y los plasmo en aquello que hago, aunque nadie lo escuche, pese a que yo deseo que algo de mi interior lo oiga.

Los libros me han consolado, pero no solo eso. Me han hecho imaginar, han logrado que conozca a amigos, que comparta mundos o lugares que jamás pisaré, a conmoverme o temer sobre seres que tal vez nunca existieron más allá de la pluma del autor y de los sentimientos que inundan mi corazón durante la lectura. Y siento una gran deuda con todos esos escritores que me socorrieron, que me tendieron sus manos de tinta. Y no es una deuda en el sentido más simple de la palabra, una mera metáfora, siento realmente que si encuentro a alguno de estos escritores debo darles las gracias. Gracias a J.R.R. Tolkien. Gracias a J.K. Rowling. Gracias a Neil Gaiman. Gracias a Alan Moore. Gracias a Stephen King. Gracias a Ray Bradbury. Gracias a Edgar Allan Poe. Gracias a Gustavo Adolfo Bécquer. Gracias a Terry Pratchett. Gracias a tantos y tantos genios que han hecho que mi alma surcase por rumbos que nunca esperé.

Donde las hadas aguardan lo imposible. / Imagen de domino público.

Y un modo de dar las gracias lo encontré escribiendo. Siempre me ha movido el agradecimiento a esos escritores y la ambición de que yo también pueda conmover a alguien. A veces, lo llamo «devolver el favor». Recuerdo que, cuando he hablado con alguien que me ha leído, y dice que le ha gustado, que le ha recordado mi obra a otro autor, que ha soñado con mis personajes o similar, se adueña de mí un impresionante sentimiento de agradecimiento. Muchos pensaréis que doy tanto las gracias porque es gratis, pero no, siempre he sentido que tengo que hacerlo cuando lo siento. Mi mundo siempre ha sido pequeño e incluso la noción de seguir respirando, a veces, me parece un milagro; que alguien me acepte como soy, con mis problemas, con mis cambios de humor, con mis inseguridades, con mis miedos, con mis errores, se me antoja como un milagro y, por eso, doy gracias a las personas que me leen, pero también a las que me permiten seguir haciéndolo, incluso cuando a veces pienso que más me valdría dejarme de estas ideas de cabeza plagada de pajaritos preñados, abandonar la fantasía y centrarme en mi vida real, en mi vida de días contados.

Neil Gaiman hablaba de que, a veces, nos quedamos en el País de las Hadas, cautivos. Es un poema hermoso y siempre consigue que se me rayen los ojos. Si todo terminase y tuviese que escuchar algunas palabras, no temería que fueran esas las que escuchase y, seguramente, tras el velo negro, lo que hallaría sería la luz de las hadas que siempre he perseguido y el eco de todas las voces de esas personas que me demostraron su afecto y entrega.

Escribo por esa luz y por esa oscuridad. Lo que me gusta de escribir es que puedo perseguir los fuegos fatuos que se apagan en mi espíritu. Porque en las palabras y en las historias siempre he hallado ayuda. Porque me gusta que un personaje cobre vida y se rebele contra mí. Porque adoro que las historias me sorprendan. Porque me siento vivo a través de los diálogos. Porque me convenzo a mí mismo de hacer algo distinto y, aunque me equivoque, siento que es lo único que puedo hacer. Porque me gusta aprender y aplicarlo en mis historias. Porque siento que mi fantasía puede ser compartida por otra persona. Porque hace que el dolor no sea siempre tan punzante. Porque puedo incluir esas palabras que relucen cuando las leo. Porque puedo embarcarme en viajes que nunca emprenderé más allá de mi teclado. Porque encuentro esos reinos que mis pies nunca tocarán. Porque, cuando acabo, siento que una parte de mi alma está en ese libro, pero puedo dejar otra más en el siguiente hasta que no quede nada de mí salvo cenizas con formas de hojas manchadas de tinta.

Escribo por lo que me gusta y me temo que, aunque existan cosas que no (y que, irónicamente, no tienen nada que ver estrictamente con el hecho de sentarme delante del teclado), seguiré escribiendo porque soy prisionero del País de las Hadas. Y no se puede vivir en él sin querer que los demás compartan su luz en esta breve existencia entre las sombras. 
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